nº 183: marzo-abril 2018

Dos cuentos

Mariano Tejera

Mariano Tejera

BIOGRAFÍA

Mariano Tejera (Torrelavega, 1.978) compagina su vida laboral, enfocada al mundo empresarial, con sus dos pasiones: la literatura y la música. En 2011 debuta en el mundo editorial con “La traicionera carta del destino” (Ediciones Atlantis). En 2016 publica con Septentrión Ediciones “Lo contrario a la decadencia”, una obra que en 2018 ve la luz en formato musical con la ópera-rock “Retiro” de Discontinuous Lavanda. Además de estas dos novelas, en 2.017 reúne algunos de sus cuentos, relatos y poemas bajo el título de “Restos de stock”.

CASI UN ESPEJO

Apenas había diferencias entre ellos. No miento. El primero era casi una calca del otro. Esto no es una expresión hecha. El color de la piel de uno de ellos era algo más oscuro, como si su rostro se hubiera forjado bajo el papel carbón usando el del segundo como molde. En el inicial asombro mutuo ésa era la única diferencia que existía. La nariz y la boca del mismo tamaño y forma, también el contorno de su cabeza, las mismas emociones proyectadas desde sus pupilas. Podría tratarse de gemelos y, sin embargo, su piel… Su piel, como digo, era de un color distinto, aunque no tanto como uno de los dos pretendía.
Cuando se quebró el silencio se apreció otro detalle más en sus diferencias: hablaban idiomas también distintos. Pero, al igual que sucedía con la tonalidad de la piel, quizá tampoco el idioma los separara tanto. Quiero decir que, afinando el oído, si hablaban despacio y gesticulaban con educación se podrían entender. Uno le diría al otro:
—¡Eh, tío! ¿Te has dado cuenta?
Y el otro tal vez respondiese:
—¿Darme cuenta? ¿De qué?
—¡De cuánto nos parecemos!
Y entonces el que no reconocía haberlo observado, como si no se fiara del primer análisis de sus ojos, comenzaría a palparse como un ciego. Se acariciaría la mejilla derecha y usaría esa misma mano para acariciar la mejilla izquierda de quien tenía enfrente. Al terminar de recorrerla diría:
—No nos parecemos tanto. Ni siquiera nuestras caras tienen trazos similares.
Y el primero se reiría:
—¡Pues claro, tontorrón! ¿No ves que todos los rastros son asimétricos?
—¿Y qué?
Una nueva carcajada brotó antes de responder:
—No estamos ante un espejo, aunque lo parezca. Tienes que comparar nuestro mismo lado de la cara. Verás, colócate detrás de mí.
El otro obedecería. Se pondría a su espalda y, mientras observa su nuca y se cuestiona si la suya es así de extraña y fea, repetiría la operación: se acariciaría su mejilla derecha y con la misma mano acariciaría la mejilla derecha del de delante. Al comprobar, ahora sí, la similitud, repetiría la operación por el otro lado: acariciaría su mejilla izquierda y con la misma mano acariciaría la mejilla izquierda del otro.
—Tienes razón. Somos dos gotas de agua —le diría si hablaran el mismo idioma.
Pero como el tono de la piel no es del todo el mismo entre ambos y, además, no saben comunicarse, el parecido quedará en una simple anécdota. Ni siquiera eso. La anécdota se hubiera producido si hubiera existido esta conversación.


LA FÁBULA QUE PRETENDÍA DESMONTAR EL MIEDO

Querido hijo: Llevo días tratando de rescatar una especie de fábula. Una idea, sin forma definida, que nos ayude a dilucidar —no sé si a ti y a mí, o también a alguna de las escasas mentes que aún mantienen su inquietud y a las que quizá podrían llegar estas palabras por accidente— el verdadero sentido del miedo. Acabar con él es una aspiración muy complicada de sacar adelante desde la individualidad, pero no me resigno a desistir. Las fábulas son el formato idóneo para quien ansía abrir los ojos de sus semejantes, tan sólo es necesario un pequeño montón de palabras —que sea un montón pequeño es un aspecto vital para conseguirlo, en estos tiempos en los que han conseguido que tengamos miedo incluso a los libros— y ordenarlas para que nos cuenten una historia fácil de comprender. Esquivé la tentación de darlo vida en un poema, como hicieron otros muchos, porque la poesía es ambigua y, en la mayoría de los casos, los receptores se quedan en la musicalidad de los versos, no se adentran en el fondo del mensaje.
Sólo he conseguido empezar con un párrafo que no sé si es principio o final. Ni siquiera si puede considerarse parte de una fábula:
Llegó el día en que las gentes del pueblo salían temblando tras la nueva proyección estrenada en la sala de cine. Se llevaba hablando de ella semanas. “La forma definitiva del cine de terror”, decían los eslóganes publicitarios y, también, algunos críticos del arte. Y ciertamente lo era. Todos los vecinos lo comentaban de regreso a sus casas. Algunos no podrían dormir esa noche. Sentían el acecho de las sombras en la habitación, como las de la película. Sombras que no mataban a sus víctimas, sino que, más bien, las corrompían. Generaban podredumbre, acababan con sus trabajos y especulaban negociando con todos sus derechos.
Tras la noche de insomnio, la luz del día difuminó el miedo. Todos se acordaban del sorprendente final de la película: el malo era quien había plantado cara a las sombras.

Como ves, hijo, es muy difícil reescribir lo ya escrito.

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ISSN: 1578-8644

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