LUKE nº 177 marzo-abril 2017

Marcela Heinrich

El bosque de los libros

Allí adentro me pierdo como en un bosque encantado; los estantes revelan como árboles frondosos frutos de infinitos pensadores, escritores, poetas, y recuerdo al viejo Borges imaginando que el paraíso es una enorme colección de libros y no puedo menos que reverenciar al maestro.

Libreria-El-Ateneo

Es octubre en Buenos Aires, el sol se asoma a ratos, entre gordas y grises nubes que corren hacia el norte, en una tarde de primavera haragana y húmeda. Camino sola por veredas rotas entre un tumulto de gente, empujándose, las calles están sumergidas en un olor extraño que no me gusta pero lo acepto. Así es esta ciudad con sus secretos, sus veredas rotas o algún tango distraído que se quedó en el tiempo apoyado sobre una pared vieja y descascarada.

Mi objetivo: una librería, el paso obligatorio, el muelle donde quiero anclar en esta ciudad extraña y antigua como la juventud. Un viejo teatro da cobijo a tantos libros como historias, la vidriera finge con sus ofertas un tiempo real, el tiempo de la ciudad de veredas rotas y mal olor que acepto. Allí adentro me pierdo como en un bosque encantado; los estantes revelan como árboles frondosos frutos de infinitos pensadores, escritores, poetas, y recuerdo al viejo Borges imaginando que el paraíso es una enorme colección de libros y no puedo menos que reverenciar al maestro.

El escenario del viejo teatro es ahora un sitio ocupado por mesas en donde te sirven un café. Si lo miras desde este lado es una gran obra de teatro: cada mesa, una historia; cada persona, un libro. Algunas parejas jóvenes se miran y ven en el otro un futuro, y en el rincón, al fondo, una mujer sola, con un libro en la mano y un café que humea desde la taza observa otro futuro, que ahora ya es pasado.

En los pasillos nos movemos, cada uno buscando la fruta más sabrosa, el libro que espera ser embebido en un aroma a papel y tinta. Como en la vida, sus pasillos guardan la sorpresa o el desencanto. Sin molestar, pero sin pasar inadvertida, la música me recuerda a los pájaros del bosque, arrulladora, encantadora, dulce, suave. El paisaje se detiene, se detiene el tiempo y, de pronto, desde los balcones de aquel teatro, surgen más estantes, más libros, más frutos, más cuentos. Una señora mayor enfoca su cámara para tomar una fotos del lugar; me apiado de ella, sé que esa magia no sale en las fotos. Por muy nuevo y sofisticado que sea su aparato, la magia se disfruta aquí, como en el bosque, en el teatro: no puedes llevarte el aroma, ni el aire fresco, ni ese canto inigualable que cada habitante te regala. Ella pretende, como lo hice yo algunas vez, llevarse esa imagen detenida para recordar y guardar la certeza de haber estado aquí.

Sigo mi camino, ya con mi cosecha de frutas frescas; salgo de ese bosque y me quedo en un bar que está junto a la librería para descansar. Unas mesas dispuestas en la vereda, con sillas de madera un tanto incómodas pero necesarias, me sirven de escollera para observar ese mar de gente que va y viene mientras trato de adaptar mi reloj al tiempo real de la ciudad de veredas rotas y mal olor. Ojeo mis libros e imagino cuál leeré el primero mientras me fijo que junto a la puerta de entrada a la librería un señor en silla de ruedas vende pomada para lustrar zapatos. Le faltan las dos piernas, está solo junto a su cajita de madera y las latitas redondas de betún brillan con los rayos del sol que se ha asomado hace un rato para juguetear con las nubes que siguen corriendo hacia el norte. Me quedo mirándolo con el libro en las manos, el señor que vende latitas se ha dormido, y el ala del sombrero de mimbre que lleva puesto lo cubre del sol que le llega a los ojos. Los transeúntes pasan y pasan ni siquiera reparan en él. Un muchacho delgado y alto llega en su patineta, frena su medio de transporte con el pie derecho, salta y lo toma, y va caminando hacia la librería, entra y se pierde en el bosque de libros. Y yo sigo mirando al señor de las latitas brillosas, imagino su sueño: le pasa pomada a sus zapatos, los lustra y sale de casa para ir a la librería. Camina por las veredas rotas, entre un tumulto de gente, en medio un olor que no le gusta pero está acostumbrado. Entra a la librería, camina lento por los pasillos, un libro lo elige, lo mira con curiosidad, pero lo devuelve en el estante, prefiere salir a caminar por la ciudad bajo un sol suave, es octubre y la primavera es húmeda. Al salir le llama la atención de que en el bar, junto a la librería, hay una mujer tomando un café, sentada en esas sillas incómodas, sosteniendo un libro, aletargada en sus pensamientos. Una niña pasa corriendo muy cerca de su silla y lo despierta. Pago el café, es tiempo de regresar.

Biografía

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Marcela Heinrich. Nació el 26 de noviembre de 1966 en Hinojo, pueblo del interior de la provincia de Buenos Aires. Escritora, investigadora y autodidacta, ha realizado diferentes trabajos con alumnos y maestros de los colegios y las escuelas de Hinojo. Es autora de investiagaciones sobre el lenguaje y los cambios en la población, así como de libros de poemas y de cuentos, entre los que destacan títulos como Bajo techo y De larvas a luciérnagas. Destaca su labor editorial en sellos como Insumisos Latinoamericanos y Voces y letras latinoamericanas.