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LUKE nº 175 diciembre 2016

R.Rayarù

El confesionario

el confesionario

Fotografía: ©ardiluzu

Dedicado a las víctimas del padre Karadima.
R.Rayarù

“Giovani derubati per sempre della loro innocenza entrano ed escono dalla sagrestia,
indossando con orgoglio i loro strumenti di tortura” *

Aldo Fangetti

Caminaba con el paso rápido y la respiración agitada. Mi mano derecha, húmeda de sudor apretaba con fuerza el frío pedazo de metal dentro de mi bolsillo. Al cruzar el umbral de la puerta el sopor de la iglesia aletargó mis movimientos, ya no estaba seguro si sería capaz de disparar. El templo estaba vacío, pero yo sabía que a esa hora lo encontraría en su pequeño refugio. Me dirigí al confesionario con paso lánguido. Una sensación etérea arrastraba mis pies, un Dios que ya no existía guiaba mis pasos. Mientras se abría lentamente la pequeña puerta que nos separaba vi sus ojos a través de la celosía. En el instante en que me reconoció supe que había adivinando mis intenciones. Desgraciado hijo de puta, me haz arruinado la vida –pensé–, mientras sacaba la pistola de mi bolsillo y la apuntaba a su cara.

—¡No lo hagas hijo mío! Suplicó él desesperado con los ojos vidriosos y la voz apagada.

—¡Hijo de puta! Le grité, tratando de mantener la mano firme con el cañón apuntado justo en medio a su frente. Mi mano seguía húmeda y agarrotada, parecía haberse fundido con el metal. Cerré los ojos, sus palabras me habían traído recuerdos horrendos. Yo ya no era más ese “hijo mío”, como solía llamarme cuando yo aún era un niño y me apretaba contra su cuerpo desnudo. Mis sienes se habían hinchado y unas lágrimas saladas caían de mis ojos enrojecidos. Sentía una profunda tristeza, esa que desde entonces vivía permanentemente en el fondo de mi alma y que solo aveces dejaba paso al odio y a la venganza. Por él sentía asco y repugnancia. Finalmente después de años de culpabilizarme, me sentía como la víctima que en realidad era. Que siempre había sido. Buscaba esa venganza que las leyes no me habían dado. Esa venganza que otras víctimas como yo no se atrevían a exigir. Esa que muchos no se atrevían ni siquiera a confesar. Traté de apretar el gatillo pero no pude. Me deshice en un grito angustiado de rabia e impotencia.

—¡Cállese, viejo hipócrita o lo mato! Grité, mientras él continuaba a suplicar en voz baja.

Con las piernas temblorosas me puse de pie. Me alejé del confesionario con la imagen del Padre Karadima detrás de la celosía. Él, seguía con la cabeza gacha y los ojos vidriosos, rezando en voz baja con las manos apretadas apoyadas contra la madera mientras el rosario colgaba entre sus dedos entrelazados. En ese momento comprendí que él quería que yo disparara. Suplicaba que lo librara de su peso. De su pecado. Como un acto heroico, apunté por última vez la pistola contra el confesionario. Mis dedos estaban completamente agarrotados, duros como el metal de la pistola. No pude disparar.

—¡Viejo concha'e tu madre, paga por tus pecados y que tu Dios te absuelva si puede! Grité con una voz que parecía venir directamente del infierno. Me giré lentamente hacia el altar, cerré los ojos alzando los brazos y apreté el gatillo. El disparo produjo un eco ensordecedor que rebotó en las altas cúpulas de la iglesia y me atravesó los oídos de lado a lado inundando mi cúpula parietal.

Tenía los ojos abrumados y un sopor generalizado se había apoderado de todo mi cuerpo. Mi mano ya no estaba agarrotada y la pistola caliente se deslizaba suavemente entre mis dedos. Necesitaba aire. Arrastré las piernas hacia la puerta tratando de buscar la salida. Detrás mío, a lo lejos, escuchaba aún la voz de Karadima que entre sollozos susurraba palabras incomprensibles.

* traducción del italiano por R.Rayarù: “Jóvenes despojados para siempre de su inocencia entran y salen de la sacristía, luciendo orgullosos sus instrumentos de tortura”