Enero 2001

El Caballo de Troya

amado gómez ugarte
El morbo

Hace ya tiempo se pusieron de moda, y ahí siguen campeando por la pantalla, los programas televisivos que se recrean en lo morboso de la vida para mayor satisfacción de su audiencia. Personas que desaparecen y son o no encontradas, horrendos crímenes sin resolver, casos tremebundos que ponen los pelos de punta, descuartizamientos, matanzas, infanticidios, degüellos, envenenamientos, múltiples parricidios cotidianos... Toda una variada gama de sucesos supuestamente reales que superan con creces a cualquier ficción inventada.

Hay quien critica estos gustos basándose en que la morbosidad es una reacción mental moralmente insana, y por lo tanto dañina para el alma. Sin embargo, mira por donde, una institución tan digna de admirar como la santa madre Iglesia, lleva siglos deleitando a sus fieles con lecturas tan piadosas como truculentas, terroríficas, crueles, espantosas, trágicas, sádicas, etc. Me refiero al famoso, fervoroso y devoto libro llamado Martirologio. Por cierto que hay un cuento magnífico de Juan Manuel de Prada que se titula así, Martirologio, que fue finalista del premio Jauja en el año 93, y en el que ya apuntaba maneras literarias. El Martirologio de la Iglesia es una especie de catálogo de mártires o calendario litúrgico oficial, corregido y aumentado. De él se extraen acontecimientos tan mórbidos como los que detallo a continuación:

<<A san Hermenegildo le dieron un hachazo en mitad de la frente. A santa Perpetua y santa Felicidad las echaron a los toros. Santa Águeda fue abofeteada y descoyuntada en el potro, cortándole los pechos y siendo luego revolcada sobre pedazos de vidrio y ascuas ardientes. A san Blas lo colgaron de un palo y lo despedazaron con peines de hierro. A san Clemente lo arrojaron al mar atado a una áncora. San Crisanto y santa Daría fueron enterrados vivos. A san Cipriano y santa Justina los metieron en una tina de pez hirviente. A san Lorenzo lo asaron vivo en una parrilla. A san Venancio le partieron los dientes y lo precipitaron desde la altura. A santo Tomás lo alancearon por mandato de un impío rey. San Andrés fue azotado cruelmente y crucificado y tardó dos días en morir. Los Cuarenta Santos Mártires murieron desnudos en un estanque helado. A san Pancracio lo degollaron a la aún tierna edad de catorce años. A san Vito, san Modesto y santa Crescencia los revolcaron entre resina ardiendo y plomo derretido. San Juan Bautista fue decapitado con ocasión de un baile en el que danzó lujuriosamente Salomé, la hija de la cruel y deshonesta Herodías. Etc...>>

El morbo es el verdadero suministro espiritual del pueblo. Lo mismo sirve para sentarse ante el televisor con un paquete de palomitas, que para arrodillarse cristianamente sosteniendo un devocionario. El pueblo necesita mártires. De hecho esta es una nación de mártires, aunque sea de la patria, que para eso tuvimos una guerra civil. No sólo la religión, también la política explota sus mártires y su morbo. De hecho, cuando llega la coyuntura oportuna, los mártires de la política son elevados también a los altares de la Iglesia.

Y que conste que en esto del Martirologio patriótico, los separatistas vascos son los más castizos, los chicos de ETA procuran explotar al máximo su particular santoral. Ellos pueden matar a novecientas personas indefensas sin inmutarse, pero si uno de los suyos muere con un arma en la mano o bajo su propia bomba, inmediatamente lo convierten en mártir de la causa. Se ha dado incluso el caso de activistas o familiares fallecidos en accidente de tráfico de cuya muerte se ha responsabilizado a gritos al pérfido Estado opresor español. Y en los entierros saben como nadie hacer ondear todo tipo de iconografía ideológica de su radical nacionalismo, que para ellos es su nueva religión.

En fin, que el morbo funciona y da trabajo. Ahí tienen lo de santa Lucía, que contaron la mentira de que se arrancó los ojos y la hicieron patrona de la luz.

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