Febrero 2001

Androides, deportistas y Dolly

pradip j. phanse / txema g. crespo

¿Quién ha dicho que los androides todavía no están con nosotros? Las reservas ante la clonación, a la investigación genética en general (que incluye otras transformaciones aún en experimentación del cuerpo humano) pasan de largo —gracias a la propaganda mediática— por una de los principales muestras del no-ser humano: el deportista de élite.

Los temores tradicionales, tan habituales en la ciencia-ficción, a los presuntos adelantos de la tecnología y al imperio de una ciencia deshumanizada no prestan la debida atención a esos precursores de Dolly en el ser humano que son los practicantes del deporte profesional. La descarada frontera que se ha abierto entre el deporte como oficio multimillonario y el deporte como juego tiene su máxima expresión en las musculaturas infladas a esteroides, los cuerpos claramente deformes, la reivindicación exclusiva del deportista como actor físico. (Por eso llama la atención que un jugador de fútbol lea un libro, y se entroniza a Valdano como filósofo).

Más cerca del circo que del campo de juego, de Frankenstein que de Apolo, el colmo de este espectáculo de androides hormonados con pienso fabricado por el doctor Strangelove llega con los juegos olímpicos. Ya hasta ese lugar, teóricamente dedicado a la sana competición de atletas de todo el mundo, se ha convertido en un muestrario de los mejores anabolizantes y del valor multimillonario de un par de piernas supermusculadas. Incluso los paralímpicos han entrado en ese “juego” falso y sus competiciones se han convertido en un espectáculo más. En fin, hay mucha más dignidad en la película “La parada de los monstruos” que en los Juegos Paralímpicos.

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