Febrero 2001

El Paso

josé marzo
Un caminante con pies de barro

Nietzsche ha sido el filósofo contemporáneo más odiado y más amado. Raras veces se le ha concedido el favor de una lectura con pretensiones de objetividad, pero el creador de una literatura intempestiva, y azote del concepto mismo de verdad, ni pretendía tal lectura ni la hubiera aceptado. “Tengo la fuerza suficiente para dividir en dos la historia de la humanidad”, escribió. No estoy de acuerdo con él. Sin embargo, la intensidad de las emociones diversas que despierta su obra parece indicar que ésta se coloca en la herida que, de hecho, continúa abriéndose y sangrando para dividir en dos la historia de la humanidad.

Hay tres conceptos fundamentales y afirmativos en su pensamiento: el espíritu libre, la voluntad de existir y la voluntad de poder. Y hay, además, dos negaciones, la de la ética cristiana y la del igualitarismo democrático y socialista, que él critica en la medida en que los considera opuestos a los valores que afirma. O, a la inversa, ¿no podríamos suponer que sus afirmaciones son exactamente lo opuesto de los valores defendidos por el cristianismo y el primer igualitarismo moderno, a los cuales desprecia?

La voluntad de poder sería su concepto bisagra si seguimos la interpretación de Heidegger. No se ha insistido lo suficiente en que Heidegger era un pensador metafísico y que, por el contrario, Nietzsche era un escritor antimetafísico. La voluntad de poder es, ciertamente, el concepto más endeble de Nietzsche, el más biológico por su origen y el único metafísico por su ambición, pues alude a un principio antropológico que, supuestamente, ordenaría la conducta del ser humano, anhelante de poder. De ahí el interés de Heidegger en acentuarlo. La psicología lo superó hace ya mucho tiempo: la voluntad de poder no es el único motor del comportamiento humano, ni siquiera el principal. El mérito de Nietzsche, sin embargo, fue desvelarlo cuando nadie osaba hacerlo.

Considero más interesante el concepto de la voluntad de existir, que él no definió de un modo expreso, pero que rezuma en todos sus libros. Está en el gozo de vivir, en la exaltación de la vida en todas sus manifestaciones, en el placer procurado por los paisajes que describe, las sensaciones de un cuerpo que bebe, come, camina y lucha. Está asimismo implícito en su imagen del eterno retorno: vivir de modo que estuviéramos dispuestos a volver a experimentar nuestra vida, íntegramente, con lo placentero y con lo doloroso, sin renunciar a ninguna de las pruebas por las que hayamos pasado. “¿Es esto la vida? ¡Muy bien! ¡Pues que vuelva a empezar!”, exclama.

Ahora bien, siendo la voluntad de existir un rasgo destacado del pensamiento filosófico y del estilo de Nietzsche, ésta no es novedosa. Ya la encontramos en el epicureísmo, aunque extremada en él con una tensión agónica y trágica.

Pienso que la gran aportación de Nietzsche es el concepto de espíritu libre. Puede sorprender que el filósofo que levantó uno de los mayores mitos contemporáneos, el del individuo liberado de sus cadenas éticas, sociales e históricas, no creyera en el libre albedrío. El libro albedrío “es un invento de las clases dirigentes”, afirma, “la expresión ‘libre albedrío’ no quiere decir otra cosa que el hecho de no sentir las nuevas cadenas”. Y subrayo el término “sentir”, pues las cadenas, la necesidad, nunca desaparecen.
Éste es su gran hallazgo: la libertad no existe, pero qué importa, saltemos hacia la libertad. Nietzsche, por primera vez en la historia, no fundamenta la ética sobre un mandato divino, ni sobre una cualidad natural y específica del hombre, ni sobre una metafísica, sino del modo más sencillo sobre la cultura, el pensamiento y, en última instancia, la imaginación. ¿No es maravilloso?

También aquí yace, sin embargo, su gran error, el de su incapacidad para comprender que la libertad es un principio cultural, social y político; un principio común y compartido; un principio que, en consecuencia, emana de la sociabilidad. Pero, ¿no destruía él mismo la sociabilidad al despreciar el otro gran principio de la modernidad, la igualdad? Nietzsche es por ello otro hereje de la modernidad, fundador de una senda que se debe recorrer, la de una ética antimetafísica, pero que debemos abandonar si queremos reencontrar la sociedad y la política, reencontrarnos a nosotros mismos, y volver a caminar individual y colectivamente.

No deja de sorprenderme que el hombre capaz de imaginar una libertad no metafísica no alcanzara a entrever una igualdad, asimismo, no esencialista, no natural, no metafísica. La libertad no existe, tampoco la igualdad, pero qué importa, saltemos hacia la libertad y la igualdad.
Más sorprendente aún es que Nietzsche, creyendo caminar, llegara tan lejos arrastrándose con sus pies de barro.

Ilustraciones: Patxi Eribe

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