Abril 2001

El quintacolumnista

luis arturo hernández
Aquellos días azules y ese mar del verano

(Reseña de Helena o el mar del verano, de Julián Ayesta)

Está a punto de cumplir 60 años y Helena se conserva fresca, gozosa y radiante como el día de su presentación en sociedad. Porque Helena o el mar del verano, primera y única novela de Julián Ayesta, data de 1952, el año de La colmena de Cela, pero a diferencia de ésta, y pese a estar ambientada en el avispero de una de esas familias conservadoras de su Asturias natal, ofrece el camino de iniciación a la plenitud de la vida y del amor de un adolescente de la mano de su prima Helena, al que se pone punto final en el instante eterno de conciencia de la auténtica dicha.

Estructurada en tres partes, Helena... presenta el reconocimiento del mundo por parte de un niño que contempla con mirada ensimismada e ingenua la sociedad de los adultos de su entorno familiar durante un veraneo en Gijón y el descubrimiento de su atracción por Helena con un estilo colorista y näif, propio de un acuarelista.

Y las anécdotas narrativas, retazos de la memoria de una infancia azul de montaña y mar presidida por el sol del primer verano, se hilvanan merced al polisíndeton de un narrador que encadena los recuerdos de forma ilativa y evoca su días azules y las sensaciones de su paraíso desconocido y traga saliva y sigue contando y así...

El universo de las emociones, del arrepentimiento o la crueldad a la alegría, se somete a un ejercico intelectual de autoanálisis entre sofístico y paradójico -En invierno-, coincidiendo con la estancia en el colegio de los jesuitas, merced a un fantaseo filosófico que trata de encerrar, condenar y hacer desaparecer la pulsión del deseo en la pubertad y, gracias a un juego de superposiciones temporales, le hace experimentar el gozo de la eternidad y la satisfacción de La alegría de Dios.

Un discurso narrativo tejido de reiteraciones de círculos viciosos, de repeticiones en espiral tan características del pensamiento prerracional como de la expresión de una sociedad endogámica y cerrada sobre sí misma, de inmóvil torbellino interior, que abrirá al muchacho las puertas del mundo de los adultos -jovial, ligeramente liberal y festivo, como la alegría de la sidra del país-, y lo catapulta al reencuentro con Helena -En verano otra vez-, a la anagnóresis del deseo, en una iniciación en “el mar de todos los veranos”, al cénit indecible del gozo gracias a su viaje a la plenitud solar de la cultura clásica -tras su pasaje borrascoso por el oscurantismo teológico En invierno-, de la mano de Virgilio, en periplo que trae a la memoria el viaje iniciático de La vida nueva de Pedrito de Andía de Rafael Sánchez-Mazas.

Singladura hacia el esplendor de los cuerpos y la Antigüedad que, tras las escalas de superposiciones espaciales en las “islas sin mapa” con que soñaba por aquellas fechas Ignacio Aldecoa, sin otro cartulario que el atlas de Geografía y la fantasía, “con estatuas de diosas paganas blancas y desnudas, que nos sonreían a Helena y a mí (p. 82) , por otra gruta mucho más estrecha y más larga, nos llevaban a la Edad Antigua”. Helena -con la hache de la heroina helénica-, desnuda, es “la hija y heredera del Emperador de Atenas”, mientras los días azules y el sol de la infancia -”sol azul”- se han metamorfoseado ya en “Febo ardiente”sobre el mar del verano.

Impresionismo y sensualidad -olor, color y sabor (p.64) configurando el sentido de la percepción de la vida y la felicidad en todos los sentidos- conforman el tono de un relato lírico -más que novela, por la ausencia de trama, sutil y casi invisible como un velo, poemática y asociacional en virtud del hilo conductor del narrador-, que cose varias estampas de la infancia -paisajes del verano, marinas o figuras de ellos-, en una estructura elíptica -como la misma trayectoria solar-, cuyos focos -el verano y el invierno- equidistantes, desvelan una secreta simetría complementaria - jardín/bosque, Una noche/Una mañana, En la playa/Tarde y crepúsculo final en la playa-, en torno al núcleo de la cosmovisión teocéntrica -La alegría de Dios, En invierno-, que se revela como prueba de iniciación para el neófito, profanada en su camino de perfección, desplazada en el itinerario profano hacia la plenitud pagana.

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