Abril 2001

luis arturo hernández
"De vacas y hombres"

Al tiempo del Carnaval sucedía en el calendario litúrgico cristiano occidental la Cuaresma y, cuando parecía que el ayuno y la abstinencia se habían secularizado y era carnaval cualquier día del año, se impone en Europa -entre horroris causa y rigor mortis- volver a la cuarentena cuaresmal por la denominada neuropatía espongiforme bovina, para gusto de apocalípticos y satisfacción de desintegrados que encuentran, servidas en bandeja, razones para perseverar en un Milenarismo que -tras su anunciado estreno definitivo este invierno- viene a castigar el culto al becerro de oro con la maldición de una plaga y, en consecuencia, las perversiones contra natura de la cabaña rumiante carnívora, de un ganado herbívoro caníbal de su misma especie, de unos apestados monstruos de la Naturaleza empapuzados de comida basura cuyo holocausto -sacrificio ritual de cientos de cabezas bovinas- ha de apaciguar a los dioses con piras funerarias -“castillos sangrientos” y expiatorios templos de carne alzados en el aire-, en que las vacas expirarán su último suspiro.

Pasó el Carnaval oficial -desfile o paseíllo colegial pastoreado por el Poder- y, signados por el pulvis eris et in pulveris reverteris de la incineración más o menos legal de un prolongado Miércoles de Ceniza, han sobrevivido, sin embargo, estos animales grotescos, carnavalescos seres híbridos nutridos a base de carne en polvo y piensos descompuestos, mostruos propios de una teratología medieval, barrocos eslabones perdidos en la escala de la involución entre la naturaleza y el artificio de los seres transgénicos que, en la hererogénea promiscuidad de un mundo al revés entrevisto por El loco del Carnaval como imagen y cifra de la supervivencia de ese gran cuerpo popular de la especie, encarnan el Mal -en tanto que mal de las vacas locas e incardinación del Mal en carne y hueso, materia pendiente de la bioética-, en una Utopía -como lo es en el Carnaval el sueño pantagruélico de la abundancia- que ya está aquí, una paradoja solamente digerible por el occidental de la sociedad del bienestar si se tiene en cuenta que la sobreabundancia del mundo desarrollado sigue siendo la Utopía para el Tercer -o Cuarto- Mundo, o el Sur de subsaharianos o subamericanos -o subempleados-, Jauja, Eldorado que creyera vislumbrar Álvar Núñez Cabeza de Vaca en tierras de Nuevo México, País de Cucaña -de Irás y No Volverás- para un planeta condenado a la hambruna forzosa y la rigurosa sequía de una Cuaresma de por vida y a la amenaza de la beligerante guadaña de la Muerte.

LAS PENAS SON DE LOS HOMBRES, LAS VAQUITAS, ENAJENADAS

Y este Norte desorientado -y alejado de Oriente-, que ha perdido el rumbo -o el norte-, y que en virtud -o defecto- del Capitalismo universal prefiere derrochar los excedentes a donarlos, donde una dieta de adelgazamiento cuesta más que comer a diario y la anorexia -la reina de la pasarela de los transtornos de alimentación- está considerada ya enfermedad mental de moda, este primer mundo de la información, tecnológico y postindustrial, se ve condenado ahora -por prescripción facultativa y por imperativo legal- a tirar la comida -carbonizar la chuleta, calcinar el chuletón- no sin cierto escalofrío en el espinazo -¿qué es, si no, el entierro de la sardina, sino dar sepultura a la canal del animal exánime del Carnaval?-, con un temor que cala hasta el tuétano, con el estremecimiento que provoca el miedo sagrado a la locura, el terror al tabú del oráculo de los orates, el horror al pathos fatal de las patologías neurodegenerativas que nos emparentan con el kurú de tribus caníbales -Hannibal el caníbal, secuela o hija del Caníbal de El silencio de los corderos, hoy terneros, no sería sino el mito catártico de un interdicto autoprotector- de nuestras antípodas en Nueva Guinea o, paradojas del destino en época de desintegración del núcleo familiar tradicional, con la enfermedad del “insomnio familiar fatal”, mientras que las muy diversas formas de enajenación mental -o alienación espiritual- provienen del modo de producción económica y encuentran su caldo de cultivo -si no quieres taza, taza y media- en la realidad social y en la superestructura ideológica global, y todavía cabe la posibilidad de vender a bajo costo las migas del banquete del rico Epulón, de exportar a precio de saldo los stocks de carne a la “famélica legión”, de liquidar por remate total -creando además oferta de empleo temporal de matarife- la carne de sagrada vaca loca a los parias de la tierra -o del Indostán-, los despojos animales comestibles -aquellas tripas y uñas de vaca por las que moría Lazarillo-, por final de existencia, a la casta de los intocables comedores de carroña, muerta por inanición -lejos del matadero-, aun a riesgo de que terminen locos de remate.

HINDÚES, TABÚES, CEBÚES

No sería de extrañar, pues, que como consecuencia de la pandemia galopante de las distintas especies de animales domésticos -que va afectando desde el ganado vacuno a las cabañas ovina o caprina, quién sabe cuándo a la porcina, o dónde a las aves de corral-, los grupos dominantes de la Europa industrial se convirtieran a un vegetarianismo forzoso, tan ajeno por otra parte al pacifismo y la no violencia como a la espiritualidad oriental, haciendo de la necesidad una virtud, a/bocados a la sustitución de usos alimentarios por razones tan pragmáticas como las que determinan para el hindú el tabú del sacrificio del cebú, “amor a las vacas” que “contribuye a la resistencia adaptativa de la población humana conservando temporalmente a los animales secos o estériles, pero todavía útiles; desalentando el desarrollo de una industria cárnica costosa desde un punto de vista energético; protegiendo un ganado vacuno que engorda a costa del sector público o de los terratenientes; y conservando la capacidad de recuperación de la población vacuna durante sequías y períodos de escasez”, tal y como explica en el capítulo titulado La madre vaca de su ya clásico Vacas, cerdos, guerras y brujas, el antropólogo Marvin Harris, en una economía de subsistencia a base de un santificado desayuno de escasa leche hervida al amor del fuego con combustible de estiércol de hembras de cría de cebú sin cebar -a diferencia de nuestro cebón- y de los santones bueyes de carga destinados al tiro y el arado -ora ora, ora labora-, del mismo modo que la Cuaresma europea occidental cristiana respondía a circunstancias agropecuarias y económicas concretas en una cultura que rebautizaba como Camino de Santiago la ubérrima galaxia fecunda de la Vía Láctea, constelación salpicada por el goteo del calostro germinador del santo batallador que combatiera a la Media Luna -hasta meterse por sus cuernos-, y resignada por el símbolo vacuno de la Madre Tierra, y divinidad lunar a un tiempo, de las cornucopias de la abundancia que rubrican con tinta simpática un galáctico firmamento bajo el que la Cristiandad vuelve la espalda -y devuelve el espinazo- al matarife, curada en salud, vacunada de espanto, trocando en el caso particular del español, en una improvisada regresión a su infancia de mamoncillo amamantado entre onomatopeyas por mamá sin decir ni mu, la cantinela “Tengo una vaca lechera” por la consigna tercermundial del régimen del finis terrae: “Para la leche que da la vaca, que se la tome el ternero”.

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