Septiembre 2001

El Caballo de Troya

amado gómez ugarte
Los Ombligos

De un tiempo a esta parte se han puesto de moda los ombligos. A las señoritas les ha dado ahora por lucir unas breves, exiguas camisetas y circular por la vía pública con el epigastrio al aire, en muchos casos adornado o quizás desadornado con un piercing. El diccionario de la Real Academia no da una definición muy atractiva, precisamente, del ombligo. Asegura que se trata de una cicatriz redonda y arrugada que se forma en mitad del vientre. Los ombligos de las señoras de los académicos seguro que se ajustan estrictamente a este significado, pero los de las mozas que se ven por nuestras calles salta a la vista que dan mucho más de sí. Pues su contemplación sugiere todo un mundo de sensaciones literarias, que van desde el concienzudo naturalismo al más onírico realismo mágico.
Lo de enseñar el ombligo viene a ser una nueva revolución de la moda femenina. Primero fue el escote, luego la minifalda y ahora el ombligo. Ya sé que en otras culturas orientales las mujeres llevan siglos luciéndolo al aire libre, pero nada adquiere carácter de progreso si no se estrena en Occidente. De todos modos, sospecho que las mujeres están utilizando el ombligo como carnaza, en una maniobra más de distracción, una cortina de humo, para que cada vez nos resulte a los hombres más dificultoso mirarlas a los ojos. Porque los ojos son, ya se sabe, el espejo del alma, los ojos expresan sentimientos interiores que el resto del cuerpo no puede reflejar. Esa es su gran baza, su infalible estrategia: ellas nos desnudan el alma mirándonos directamente a los ojos, y nosotros las miramos, idiotizados, al ombligo. Por eso llevan ventaja en la esgrima de la vida y asestan los mejores golpes, los que certeramente hienden el corazón del adversario. Es curioso que los hombres llevamos siglos creyéndonos, al menos simbólicamente, el ombligo del mundo, para acabar sucumbiendo sin remedio ante un ombligo verdadero.
Si un día se decidieran a realizar el motín pendiente contra el machismo, saldrían todas a la calle armadas con sus ombligos, y en un rápido asedio umbilical nos harían sus prisioneros. Me da que esta moda de liberar el ombligo encierra un simbolismo más profundo de lo que a simple vista aparenta. Una metáfora más sutil e incisiva que la mera frivolidad de la epidermis. No en vano la virtud dicen que se halla situada exactamente ahí, en el ombligo de la vida, en el término medio de las disquisiciones que nos unen y nos enfrentan.

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