Septiembre 2001

Bestiario

josé morella

Laura Freixas acaba de publicar en Omega una biografía de la gran escritora brasileña Clarice Lispector, autora que merece un comentario mucho más amplio del que podemos hacer aquí. Casi una desconocida en España, en Brasil no le es ajena a nadie. En su mejor novela, La pasión según G. H., no ocurre absolutamente nada. O casi nada. La acción se resume así: una mujer de clase alta, escultora, se dispone a limpiar y ordenar el cuarto trastero donde ha estado durmiendo hasta ese día la criada, que ha sido despedida. Cuando entra en el cuarto, se lo encuentra totalmente ordenado y, para su asombro, hay en la pared un dibujo a tamaño natural de una mujer, un hombre y un perro. Al abrir una puerta atrapa a una cucaracha, que queda inmóvil pero viva delante de ella. Entonces, ante esa escena, la mujer sucumbe a un abismo cuajado de extrañamiento. Toda la novela, casi doscientas páginas, transcurren con la mujer quieta y pensando delante del bicho moribundo. La escena se petrifica como señal de una revelación, y fluye un torrente de pensamiento que traslada al lector al descenso a un infierno fascinante. Se trata de una obra sin concesiones, y para leerla hay que apresurarse a no tener prisa, a disfrutar de cada párrafo sin querer terminar, a escudriñar los sentidos ocultos del texto como un explorador en una selva: con la paciencia que da el entusiasmo. Porque la lectura de esta novela entusiasma. Llena de alegría y de conocimiento bello pero crudo. A través del monólogo, que en realidad es un escrito en segunda persona, dirigido a un “meu amor” no presente del que la narradora se despide sin despedirse, al cual deja para poder volver a ver más adelante, cuando haya tenido el coraje suficiente para vivir después de la revelación casi inhumana de la escena de la cucaracha, nos adentramos en el intento de Clarice de llegar a una verdad desnuda, la del sentido de la vida desde la perspectiva del conocimiento de la muerte. El gran problema de la vida humana, y esto nos lo enseña también Albert Camus en su libro El mito de Sísifo, es la tiranía de la esperanza. Camus, en su libro, desarrolla la idea del hombre absurdo y de la novela absurda (¿qué es si no La pasión...?). Viene a decir que vivimos con esperanza, que es la ilusión de algo que está eternamente por venir, y que, como el horizonte, nunca llega. Nunca está sino es diferido, proyectado. No existe. Nos tiraniza y no nos deja vivir la “vida auténtica”, la existencia desnuda como la de la cucaracha. Nos incrusta en una moral viscosa y castradora, nos hace humanos, es decir, más allá que un animal pero infinitamente más acá. Nos anula como entes capaces de vivir : Se eu tivesse coragem de abandonar a esperança, dice Clarice. Todos estos pensamientos le ocurren, más que ser pensados, a la narradora, gracias al sentimiento de extrañeza que le sobreviene tras la visión de la cucaracha. Se trata del sentimiento de que todo es absurdo. Entonces llega el infierno, lo neutro, lo demoníaco: cuando la persona no está comprometida con la esperanza, vive lo demoníaco. Lo no-moral. Sin embargo, el infierno no es doloroso: O inferno nao é a tortura da dor! é a tortura de uma alegria. Lo que Clarice quiere declarar es que estamos hechos de abismo, de preguntas, de vida inexplicable de los sentidos, y nos limitamos a abandonar el éxtasis de la vida para vivir bajo la tiranía de la esperanza, que es una castración. Hay que extirpar la esperanza para vivir con el alivio de haber vuelto a ser lo que se es, pero también con el recuerdo de que un día fuimos estables, cobardes, y nos engañamos con la ilusión de un futuro. Hay que vivir con prescindencia del futuro, dice Clarice. Osar vivir sin futuro se convierte, de repente, en un milagro. Un éxtasis humilde, un éxtasis sin Dios. Me parece imposible que Clarice no haya leído a Camus; Camus dice, por ejemplo: “...el hombre absurdo comprende que hasta entonces estaba ligado a ese postulado de libertad con cuya ilusión vivía (la esperanza de libertad). En cierto sentido eso era una traba. En la medida en que imaginaba una meta en su vida, se ajustaba a la existencia de una meta a alcanzar y se convertía en esclavo de su libertad.” O “en la medida que ordeno mi vida y admito que tenga un sentido, me creo unas barreras en las que encierro mi vida... Lo absurdo me aclara este punto: no hay mañana. Ésta es en adelante la razón de mi libertad profunda”. Lo que Camus y Lispector nos intentan decir no es, según se mire, una verdad metafísica difícil de entender. ¿Quién no se ha visto a sí mismo como un ente absurdo alguna vez? ¿No es absurdo matarse por una idea? De hecho, las ideas que a veces nos sirven para darle sentido a toda nuestra vida (una vocación profesional, una idea política de justicia, un amor apasionado) son las mismas por las que podemos morir tontamente. Por las que nos podemos arrastrar por la vida. Dejar de tener identidad. Para que lo entienda todo el mundo: ¿qué hay más absurdo que pedir un préstamo a un banco mediante una hipoteca vitalicia? Clarice contesta: si por un acaso te vuelves consciente de tu absurdo y caes en el abismo de la extrañeza, atraviésalo y ten el coraje necesario para sufrir el viaje. Rompe con la esperanza. Echa al futuro de tu casa. Vive cada cosa como única; carpe diem, alegría difícil y dura.

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