Mayo 2001

El Caballo de Troya

amado gómez ugarte
Dormir

Dicen las asociaciones de espectadores que la televisión se ha convertido en un hediondo muladar, pernicioso y sanguinolento, donde campan por sus respetos el mal gusto y la violencia. A mí me parece más una máquina de producir sueño. La televisión sólo sirve para adormilarse ante la pantalla. Da igual cuál sea el programa y en qué cadena estemos. Se dormita con la misma intensidad en las públicas y las privadas, convencionales o digitales. Cuantas más cadenas, más sueño. Yo es que ya he cogido vicio y no me duermo si no es delante del televisor. Se acabó el reinado de los medicamentos sedantes e hipnóticos. Pronto empezarán a vender en las farmacias televisores con receta para pacientes insomnes. Los índices de audiencia deberían ser sustituidos por índices de ronquidos. Todos los programas son iguales. Visto uno, vistos todos. Sopor clónico.

La televisión, como la muerte, iguala al hombre con el hombre. Seas un pobre paria o un acomodado rentista, acabarás irremisiblemente dando cabezadas en el sofá, con los párpados entornados y el alma huida hacia los paraísos del dios Hipnos; por cierto, hermano de la Muerte. Ver la televisión es morir un poco. Abandonar el pensamiento, entregarse dócilmente a la oscuridad de los sentidos, dejarse llevar a la otra orilla en la barca de Caronte, enterrar bajo 625 líneas la inteligencia.

Y los políticos pegándose por mangonear el invento, ya sea estatal o autonómico. Todos quieren mediatizar la cadenas, imponernos minutos y minutos su narcótica presencia (utilización partidista), endilgarnos a traición el engorroso merengue de su partido, para que votemos a oscuras, a ciegas. Nos quieren así, dormidos, zombis votantes: un ronquido, un voto. No son tontos, los muy ladinos. Saben que si consiguen apropiarse de nuestros sueños, podrán manejarnos a su antojo, llevarnos a las urnas como borregos al matadero, como a los pobres ratones de Hamelin, tocándonos la flauta cada cuatro años. Ellos necesitan nuestros votos para mantenerse en sus poltronas y poder echarse, allí cómodamente arrellanados, unas magníficas siestas. Al final, todo es un círculo vicioso de dormir y más dormir. No en vano, la vida es sueño.

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