nº 164 • Marzo 2015

Espacioluke

Francisco Taboada

Presentación 'Frontera de carne'- (Fragmentos del texto leído en la librería Zuloa de Vitoria-Gasteiz el 5 de marzo de 2015)

Presentacion Frontera Zuloa

El mar. Hace ahora seis años, mi compañera Paula Arranz y yo nos trasladamos a la costa. Habíamos vivido trece años en una casona del interior, queríamos regresar al mar, necesitábamos un poco de tranquilidad. Veníamos de una mala experiencia, era por tanto urgente demolerlo todo, despedazarlo y arrojárselo a los cangrejos. Mi manera de hacerlo fue escribir Palabras dactilares, mi libro anterior de poesía, donde comenzaba esa demolición utilizando las palabras hacia las que siento mayor afinidad, a la vez que trazaba un plan para buscar el conocimiento como único consuelo. Por su parte, Paula sacaba fotos en Somo y sus alrededores. En ellas había insinuaciones de vida en la arena, viajes indefinidos en el embarcadero y sobre todo personas caminando por la playa reflejadas en los charcos de la marea baja. Cuerpos distorsionados, amorfos, como si la única presencia válida de lo humano fuera su reflejo. También había pájaros extraños arañados por las olas en la arena fangosa del Puntal de Somo. La Bahía nos facilitaba a los dos la búsqueda de lo primordial, regresar al principio, mirar cualquier pasado como un espectro. Las fotos y los poemas se sucedían a un ritmo terapéutico. Pero la vida sigue, y después del instinto llega la calma. Paula terminó su serie de fotos titulada “Marea baja” y siguió con su búsqueda de lo humano en distorsión. Por mi parte, una vez publicado Palabras dactilares, que era un libro de impulsos y de tormenta, debía dar el siguiente paso para adentrarme en el conocimiento y surgió un poema que me indicaba el camino:


Aquí vivo yo
en el interior de nosotros.

En la frontera de carne
que separa la tierra firme
de la razón del pantano
de conocimiento.


Donde Charlie no hace surf.

Del mismo modo que las fotos de Paula despojaban de su concreción a las personas, dejando fuera al referente, los poemas de Frontera de carne se fueron agrupando por su despojamiento de la realidad, su cualidad de eco de la vida, recuerdo fragmentado, escombro todavía latente de la memoria. Era por tanto lógico reunir poemas y fotos en un mismo espacio, porque ya era un espacio compartido, y colocarlas en pequeñas ventanas, para vislumbrar sin imponerse, como los poemas, que dejan un gran espacio en blanco para el silencio.

El vértigo. Una de las primeras palabras que quise conquistar en mi vida fue Vértigo. Yo era un niño salvaje, con problemas, a los seis años me castigaron por pasearme con las manos en los bolsillos por el alero del segundo piso de mi escuela y me justifiqué diciendo que sólo quería saber lo que era el vértigo. Casi me echan de la escuela, y tuvo la suficiente importancia para que la palabra Vértigo fuera una de mis primeras palabras dactilares. Aprendí que la mirada mareada, con el añadido de un encogimiento de estómago, provocaba la orden de agarrarse a algo y alejarse del borde. A veces, cerraba los ojos e intentaba sentir vértigo con los ojos cerrados, pero no conseguía resultados concluyentes. Veinte años después, comencé a volar en parapente. Recuerdo las primeras clases con los músculos muy tensos: los humanos no vuelan, volar es peligroso, te vas a matar. Y recuerdo también a la instructora, Julia, señalando con dedo hacia el borde del acantilado de la playa Salvaje, en Sopelana, y diciendo: “Las personas normales llegan hasta ese límite y retroceden. Vosotros, tenéis que ordenarle a vuestro cerebro que anule ese mecanismo de defensa y, justo en el momento en que deberíais retroceder, hay que saltar. Saltar y confiar. Confiar en que sobre vuestras cabezas hay un parapente desplegado, un ingenio humano fabuloso.” Es un buen argumento, lo suficiente para que saltes y alces el vuelo. Tus ojos se vuelven niños por emergencia, casi con desesperación, tienen que aprender la distancia. Tus ojos de pájaro. Estás conquistando una dimensión prohibida, lo arriesgas todo, pero confías en el constructor del parapente y en la nobleza del viento. Es demasiado maravilloso volar como para pensar en el miedo. Así las palabras, así el verso.

Hablas y confías en los cientos, miles de años que llevan funcionando esas palabra, palabras de otros, palabras de tus antepasados, de tus coetáneos, palabras muertas y vivas, expuestas al tiempo como tu parapente al viento. Palabras tuyas, como tu vuelo, único, personal. Tú no piensas en el parapente, vuelas, igual que sientes la sustentación de las palabras, ese sustento, y haces versos. Es el vértigo de ojos cerrados que buscaba desde niño. Pero quizá, quién sabe, fue necesario volar físicamente, sentir ese vértigo real, para saber reconocer en las palabras, en las combinaciones insólitas del verso, ese mareo, ese hueco en el estómago que indica que el borde está muy cerca. O al menos siento esa ilusión, como un iluso, tal vez, pero el borde también es ilusorio, ¿no?

portada frontera de carne

El salto y la espera. Tuvimos un perro llamado Bosco, grande, fuerte, listo, el mejor perro del mundo. Era un pastor vasco del Gorbea y vivió con nosotros 15 años. Lo que más le gustaba era correr, y lo que más me gustaba a mí era verle correr. Me traía piedras para que se las tirara y yo lo hacía, pero a veces en falso, y me guardaba la piedra. Era fascinante ver todo su cuerpo en tensión disparándose en dirección a una piedra invisible y frenar en seco y regresar y tensar de nuevo cada músculo, todo en menos de un metro cuadrado y en un par de segundos. Pura energía, motor inmóvil, como una cuerda primordial vibrando, la posibilidad latiendo. Cuando me ponía a escribir, él se tumbaba a mi lado y esperaba; o esperaba antes y entonces yo me ponía a escribir. El Bosco murió dos días después de la presentación de Palabras dactilares, de manera que su ausencia impregnó los poemas de Frontera de carne, los iluminó. Allí donde las palabras se tensan y vibran y están dispuestas, donde el conjunto se sitúa en el Instante Antes del Salto, donde la Espera es una cualidad elevada, sonora, allí está el Bosco, pidiendo que le tire una piedra invisible, unos versos, para ladrar diciendo: Eso no es nada. Nada de nada. Tira otra vez. Así la poesía.

También tuvimos un anillo singular, lo trajo Paula de Estambul. Se compone de cuatro piezas. Montado, es un anillo normal, de oro, con una filigrana bastante bonita en la parte superior. Desmontado, son cuatro anillos diferentes, encadenados. No se puede ejercer presión sobre ellos, ya que si juntos forman un anillo fino separados son apenas un hilo. Es un rompecabezas delicado. Venía montado, lo desmontamos, y tardé una semana en volver a montarlo. Cada día jugaba un rato con él, lo acariciaba, especulaba, intentaba resolver el enigma. El día que se montó, lo hizo él solo. Yo lo estaba manipulando, las piezas se juntaron con suavidad y ya estaba resuelto. Por supuesto, lo desmonté de inmediato, como si no lo mereciera. Tardé varias horas en volver a lograr que se montara, él solo. Yo intentaba seguir la secuencia, y lo lograba hasta llegar casi al final, pero había un punto en que me perdía, en que la dificultad para sostener en la punta de las yemas de mis dedos cuatro anillos engarzados creaba tal batiburrillo de oro, uñas, dedos, que antes de unirse yo tapaba el conjunto y, cuando estaba oculto, ejerciendo la presión adecuada, lograba el objetivo. También observé que en ese momento, dejaba de respirar, contenía el aliento. Así también la poesía.

El tiempo detenido. Decía Víctor Hugo que un poeta es un mundo encerrado en un hombre. Por eso en Frontera de carne no hay un exterior, la vida real, y un interior, YO. Eso quedó sepultado en Palabras dactilares. Aquí todo sucede en el interior. En un lugar donde es posible ser idea de hueso, carne de formulación, palabra congelada como un junco de cristal al viento. Un lugar donde la palabra es lo único, y es tanto, que tiene incluso lugares oscuros donde encontrar antiguas resonancias poéticas, cachos de palabras, por si estás desesperado y necesitas balbucir algo. Donde un sueño es un suceso y un hecho es un montaje. Repleto de palabras remendadas, débiles, frágiles, añicos de memoria esforzada conviviendo con ideas puras que no tienen dedos y nunca han tocado la vida real.

Cuando llegas a la Frontera de carne, la memoria comienza a desprenderse. Das un paso, y tus recuerdos se deforman. Das otro paso y se comprimen. Das el tercero y saltan a tus pies convertidos en formulaciones verbales. Hay algo en ellas que contiene el olor, el sabor, el tacto… la nostalgia de la materia que fueron. Eso las convierte en versos. Y un verso es un ser desesperado buscando compañía. Si la consigue, y es la adecuada, se crea un poema. Y un poema es un acontecimiento. En la oscuridad de la mente surge como una chispa que durante un instante permite vislumbrar algo. El poeta aporta un recuerdo, el lenguaje el mecanismo de compresión y lo vislumbrado es NOSOTROS. La palabra común. El origen de lo que somos. De lo que Somos capaces de decir que Somos. La fuente de nuestra incertidumbre. El poema establece una conexión entre el Yo y el Nosotros y la comunica. Aunque lo único comunicable es la Búsqueda. El intento. La constatación, con hechos poéticos, de que ahí hay alguien implicado. Poemas son razones.

A mi entender, todo poema que intente trascender y elevarse a la categoría de hecho de la mente, hecho destacable, debe ser como una meditación. Debe progresar desde su fe inicial, su deseo de existir, la potencia de empuje, la reflexión serena de su progreso, el ensimismamiento, hasta llegar a la suspensión momentánea del tiempo. Hay que asistir a le génesis del poema en el poema mismo, y dejar de respirar para escuchar lo que tiene que decirnos. No porque sea verdad, sino porque es cierto. Está sucediendo en ese momento. Y alimenta. Puede tener más o menos nutrientes, pero sirve para comer. Hay que contemplarlo con la misma reverencia que a una brizna de hierba, ese panel solar flexible de diseño tan prodigioso. Lograr un poema que tenga la contundencia de una brizna de hierba es un objetivo que merece la pena.

Pero es sabido que los pájaros no son buenos ornitólogos, y la poética de un poeta, sus explicaciones, con frecuencia no tienen nada que ver con los resultados, no son reales, pertenecen al mundo de la fantasía, la filología, y otras ciencias ocultas. Sin embargo el poeta las necesita para equivocarse más a fondo y así poder continuar. Porque hay un drama. La conciencia de uno mismo es un drama. La conciencia de la muerte es un drama. La conciencia del límite es dramática. Y además el pensamiento no da tregua, insiste, se resiste, no se rinde, no lo deja, es tan obstinado que hay que echarle poemas a ver si se calla. Menos mal que la Palabra está de mi parte. Confío en ello.

Francisco Taboada (Bilbao 1957) Pedagogo. Ha sido profesor de Didáctica del Pensamiento en la Universidad del País Vasco. Es autor de los libros de poemas Garbanzos (1979) y Palabras dactilares (Cantárida Poesía, 2011), de la novela de relatos La cosecha (Arte Activo Ediciones, 2012) y de la obra de teatro El Maestro (Editorial Anagnórisis, 2012). Colabora en las revistas Cantárida y Espacio Luke.

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Fotos: Paula Arranz