nº 166 • Verano 2015

Espacioluke

Alejandro Rendón

Montaigne y la aventura del Ensayo.

Sin embargo, con Montaigne acontece una serie de modificaciones que lo diferencian y lo especifican. Tal es el caso de atreverse a escribir en la lengua del vulgo. Escribe en francés y no en latín como hasta entonces se lo hacía, e incluso en un francés corriente. Lo que lo hace uno de los primeros escritores propiamente franceses. Pero aún hay más: lo que de este modo va a decirse, es algo inédito, es un producto fechado de los inicios de la modernidad: “Ainsi, Lecteur, je suis moy-mesme la matiere de mon libre”

En el año de 1571, Michel de Montaigne decide dar término a un largo periodo de compromisos públicos al lado de su padre, el alcalde de la ciudad de Bourdeaux, para ocuparse de sí mismo. Se propone entonces dedicarse a la lectura —en el tranquilo encierro que le permite la torre que está a la entrada de su castillo, donde manda instalar su biblioteca—, a sostener conversaciones, como tanto le agrada, así como a dar algunos paseos a caballo por la región de Perigord. Para dar fe de este plan, pone a la entrada de la torre una inscripción latina que versa más o menos así: “En el año de Cristo 1571, a la edad de 39 años (…) Michel de Montaigne, luego de mucho tiempo de servicios al Parlamento y de cargos públicos, con plenas fuerzas aún, se retira al amparo de las doctas vírgenes, donde en reposo y seguridad, pasará los días que le quedan por vivir (…)”. Y así comienza esa aventura de la modernidad que es el ensayo, es ahí cuando se configuran algunos de los rasgos distintivos de lo que hoy, después de poco más de cuatro siglos, constituye nuestro presente, más allá incluso de toda modernidad, nuestra época posmoderna.

Un año después y durante casi una década, Montaigne se dedica a la escritura de su obra que pública en 1580, intitulada Essais y que consta en ese momento de dos libros. Obra a la que dedicará el resto de su vida (en la medida, como veremos, en que una y otra se funden) y que se construirá incluso más allá de su muerte, por las publicaciones póstumas que llevará a cabo Marie de Gournay le Jars, a quien considera “ma fille d’alliance: et certes aymée de moy beaucoup plus que paternellement” (II, 17 [mi hija adoptiva: amada por mí, ciertamente, mucho más que paternalmente].

Aunque hay que señalar que a pesar suyo, después de esa década creativa, viene un periodo de ocupaciones en el que se le pide intervenir en asuntos políticos que le llevan a viajar (suceso del que queda un Diario de Viaje por Italia) y luego a ejercer, a su regreso, el mismo cargo que ejerciera su padre ¡Y para colmo con reelección! Luego de esto publicará un tercer libro de sus Ensayos y emprenderá algunas modificaciones a los mismos hasta el momento último de su vida, en 1592, a sus 59 años.

Y de este modo un hombre se hizo libro, puso dentro de esa sarta de páginas, su vida entera, hasta en los mínimos detalles, con todo y lo que la rodeaba: sus años de lecturas de la antigüedad clásica (como verdadero representante del humanismo francés), sus experiencias, sus conversaciones, etc., e incluso su torre misma, recinto para la urdimbre de ese hijo moderno, se ligó estrechamente a la obra. Jugando a la especulación, podría decirse que la obra escrita es un calco de la torre, pues mucho del tiempo que pasó allí habremos de encontrarlo reproducido en el papel: si la torre es el resguardo de la intimidad, de sus años vitales y fecundos, entonces el libro a su vez lo será; si en la torre Montaigne se pasea de un lado para otro, leyendo ya este pasaje de un libro, ya aquel otro, de su biblioteca que dispuesta de manera circular le rodea, sin orden ni plan y sin importar el tema, entonces al leer cualquiera de los Ensayos, el lector se ve llevado a experiencia semejante: los Ensayos son un divagar de aquí para allá por los más diversos temas, con diversos ritmos, tonos, humores y acentos; citando a este autor o a aquel otro. Las vigas del techo de su biblioteca están plenas de máximas latinas y griegas de autores clásicos y bíblicos —en la actualidad se estiman unas 65, 29 en griego y 36 en latín. Y no puedo dejar de imaginarle en un gesto meditabundo, mirando hacia lo alto en una pausa de su escritura, guiado por esas antiguas y sabias palabras. En efecto, a lo largo de los Ensayos, aparecen esas pequeñas vigas que soportan el texto, en latín o en griego. Citas que, junto a las referencias históricas que hace, lo muestran como un gran conocedor del mundo clásico y a la vez como un sensato aprendiz y lector de los hombres de la antigüedad. Para colmo, la Torre consta de tres pisos, así como de tres libros, los Ensayos.

Baste esta arquitectura tan próxima al libro para hacerse a la idea del tamaño y minucia de la vida que encierran las páginas de la obra que inaugura esa forma literaria que conocemos como El ensayo. Y es que, casi míticamente, a Montaigne se le apoda el “padre del ensayo”. Y no se yerra, pues, además de su nombre, en el artífice se constata este estilo escritural en su forma más pura, natural y artística, en su forma más plástica y libre. Aspecto que podría señalarse, en cierto modo, antes de él en la forma epistolar de los autores latinos, o en la forma del Discurso, tan usado aún mucho después. Sin embargo, con Montaigne acontece una serie de modificaciones que lo diferencian y lo especifican. Tal es el caso de atreverse a escribir en la lengua del vulgo. Escribe en francés y no en latín como hasta entonces se lo hacía, e incluso en un francés corriente. Lo que lo hace uno de los primeros escritores propiamente franceses. Pero aún hay más: lo que de este modo va a decirse, es algo inédito, es un producto fechado de los inicios de la modernidad: “Ainsi, Lecteur, je suis moy-mesme la matiere de mon libre” [Así, Lector, yo mismo soy el tema de mi libro], dice en la presentación de la obra, además de hablar en primera persona, como no solía hacerse. Pero no se trata del yo sujeto de desprecio y renuncia, ni tampoco del yo como entidad racional, como fundamento del sujeto (que es como se lo constituirá años después). Esto es, ni el yo del cristianismo, ni el que primó en la ilustración. Se trata del sí mismo en construcción, de una subjetividad de paso y no de una identidad fijada: “Je ne peinds pas l'estre, je peinds le passage” (III, 2) [Yo no pinto el ser, pinto el pasaje].

De este modo se comprende tanto el título, como el estilo de esta obra. Su contenido, toda una novedad para la época, lo exige. Montaigne se propone essayer. Y esta palabra para el autor, trasciende el sentido estricto que en nuestra traducción española solemos darle; a saber, “probar”, “intentar”, “tratar de”, etc. Sin renunciar a este, puesto que en la raíz latina exagium ya estaba presente, en los significados de “pesar” y “sopesar”. Pues, bajo este título el autor designa el producto, y el ejercicio de elaboración del mismo, su libro a la vez que su estilo de vida y de pensamiento, el trabajo de autodescubrise, que no de conocerse. En últimas, ensayar es también hacer una experiencia de sí mismo y de este modo construirse o formarse. De allí la afirmación de Montaigne:

Je n'ay pas plus faict mon livre, que mon livre m'a faict. Livre consubstantiel à son autheur : D'une occupation propre : Membre de ma vie : Non d'une occupation et fin, tierce et estrangere, comme tous autres livres.(II,18) [No he hecho a mi libro más de lo que mi libro me ha hecho a mí. Libro consustancial a su autor: De una ocupación: parte de mi vida: No de una ocupación y fin, tercero y extraño, como todos los demás libros]

Es ese el sentido más estricto de lo que es el ensayo, lo que lo hace particular respecto de otras obras escritas en la época: no es la divulgación de un saber ni la escritura inflexible de las grandes conclusiones, a manos de un sujeto que se sabe él mismo (no es el cogito ergo sum de los años venideros) como hombre docto (no es el gran erudito de su época y de todos los tiempos), sino la construcción de un saber y una escritura de un sí mismo que lo es en la medida en que se escribe y se ensaya. No se escribe de lo que se sabe sino que se sabe al escribir, se escribe para saber. Y de este modo vemos como ese “yo”, lejos de ser una entidad fijada de ante mano, es una expresión escrita de lo que es transitivo, una transcripción de experiencias y en esa medida justamente es Ensayo.

Ahora bien, ese yo que constituye el material escrito, por cuanto es un pasaje y no un ser fijado, por cuanto es ante todo experiencia, es el Montaigne que conversa, que está próximo a la muerte, que ha padecido un malestar o ha sido presa de una enorme alegría, que ha perdido a su mejor y único amigo, pero que también ha encontrado a la única mujer querida; un yo que lee y divaga en su biblioteca, que en suma, piensa y experimenta y entonces escribe acerca de todo eso. Por eso los Ensayos contrario a lo que podría pensarse, no son la biografía de un personaje; van más allá en el tiempo y el espacio: en su interior se revuelven las palabras y las anécdotas de la antigüedad, lugares y épocas del pasado, con los sucesos cotidianos y más inmediatos de la época y la ubicación del autor: la vida de la cultura en su multiplicidad. Bajo ese “yo” que es material de escritura, se esconde lo otro, el afuera que se funde en la experiencia vivida. Curiosamente entonces el yo que indicaría una singularidad, se convierte en pluralidad escrita: “Chaque homme porte la forme entiere, de l'humaine condition” (III, 2) [Cada hombre lleva la forma entera de la humana condición].

De allí que tras ese Montaigne descrito en la obra, cualquiera puede observarse, y curiosamente, quizá en cualquier época. Es por lo que pasados los siglos, la lectura de Montaigne se siente fresca, y más ahora, cuando el sentimiento de fragmentación del sujeto, defraudado por los ideales de la modernidad, se acopla con ese sujeto en construcción montaigniano ¡Caso extremo de la modernidad, se ubica en los inicios de ésta y la trasciende! los Ensayos son, por lo tanto, una plasmación de la vida en marcha, no una teoría sobre la vida, lo cual los hace tan maravillosos: Montaigne en su esfuerzo por descubrirse, descubre al mundo y a nosotros en él.

El que Montaigne se proponga un tema semejante, le lleva a asumir una actitud, a construirse una herramienta que podríamos llamar filosófica: el escepticismo. Como se trata de una realidad que fluye, semejante a aquella del filósofo presocrático Heráclito, Montaigne desconfía de las palabras, de su artificio. Por ello trata por un lado de hablar un lenguaje ordinario, no sólo el francés lengua vulgar, sino el francés en su cotidianidad; incluso señala su preferencia en ocasiones por el gesto del silencio, por el lenguaje inequívoco de los animales. Pero a falta de estos y de la necesidad del lenguaje, lo prefiere entonces hablado (por lo espontáneo e inmediato) antes que escrito. Es por lo que los Ensayos ante todo son una manera de entablar un diálogo, y tratan de conservar una forma de conversación, de suponer un interlocutor; por lo que hay que recordar que en veces Montaigne discurría por su biblioteca mientras dictaba a un escribano cuanto se le iba ocurriendo, en un esfuerzo por escribir la vida en movimiento antes que falsearla con un lenguaje arreglado, en un esfuerzo por escribir como hablaba; por lo que prefería palabras que denotasen imprecisión:

J'aime ces mots, qui amollissent et moderent la temerité de nos propositions : A l'avanture, Aucunement, Quelque, On dict, Je pense, et semblables (III,11).
[Gusto de esas palabras que suavizan y moderan la temeridad de nuestras afirmaciones: quizás, en cierto modo, algo, se dice, creo y otras semejantes]

Pero si ese escepticismo se aplica a las palabras mismas, qué decir del conocimiento y del comportamiento de los hombres. Montaigne es un crítico asiduo de su época plagada de guerras por causas religiosas, de castigos contra el diablo que se esconde en los hombres en nombre de un dogma religioso; crítico con la vanidad humana, que llama a los nativos del Nuevo Mundo, salvajes, que se cree superior a la antigüedad; con la petulancia que se encierra en el conocimiento, del que con mucho, duda, y de la manera en que es impartido antes que enseñado: no como saber que produce una transformación espiritual sino como objeto de suntuosidad.

Se entiende entonces el por qué de esa forma de escritura que es a la vez una forma de vida, una escritura en que se juega la vida: ante ese objeto del libro, novedoso para la época, se hacía necesaria la invención de una nueva manera de escribirlo y de un nuevo lenguaje para hacerlo. los Ensayos son la vía para el proyecto existencial que Montaigne se propuso en su madurez. Y se entiende el cómo de ese género que es el ensayo, al saber que ese objeto que va desde la descripción del yo hasta la vida misma, aparece fragmentado y por eso plural, discontinuo, fluctuante, contradictorio, inconcluso y abierto. Para una tarea tan honesta como querer decir esa verdad sin falsearla, los Ensayos precisan de una enorme plasticidad, de gran osadía y libertad (por eso no tienen un único estilo, ni un mismo tono, ni una estricta continuidad, ni un único tema, ni una sola forma de conocimiento; presentan vaguedad, inconclusión e incluso contradicción). los Ensayos son un campo abierto, muy accidentado, que Montaigne nos invita recorrer, como si fuésemos en uno de sus paseos a caballo, sin saber de entrada a dónde llevan. Y por eso leer a Montaigne implica dejar de lado la linealidad, los esquemas, las conclusiones, etc.; y ser un lector despojado de estos prejuicios, libre y osado, si se lo quiere acompañar por ese universo del libro. El ensayo a la manera de Montaigne, implica la osadía de ensayarse, de tener que ver con uno mismo. Por eso tras de Montaigne y sus Ensayos, no hay sólo un sujeto y un libro, sino la humana condición y la vida en su devenir.

Sabiendo estas cosas, hay que esperar del ensayo de nuestros días que conserve esa forma de ser abierto, tanto a las múltiples posibilidades de estilo, como a las pretensiones de ser radicalmente concluyente, y ante todo —pues de lo contrario se fallaría a las intenciones de Montaigne— debería mantener un tinte muy personal.

Fiel a la máxima del oráculo de Delfos: γνοστι τε αυτϖν [el imperativo, conócete a ti mismo], Montaigne supo de la ignorancia del conocimiento humano, de su vanidad, de su imposibilidad de aprehender con las palabras la vida y entonces experimentó, tanteó, se describió, y, en una palabra, Ensayó.

Alejandro Renval (Medellín, Colombia)
Lic. En filosofía por la universidad de Antioquia
Promotor de lectura
Incansable enseñante
Paseante incesante de los lenguajes del arte, se desempeña también como músico.
Ha publicado varias traducciones (Revista Educación y pedagogía) y ensayos (revista Leer y Releer), así como compartido algunas ponencias en espacios de discusión en torno a la filosofía y su enseñanza.