ISSN: 1578-8644

LUKE nº 149 - Mayo 2013



Coral Bravo. Mirando las estrellas

Luke

Ahora todo es diferente; ya no hay tres niños dando vida a la casona y ya no se siente el halo rotundo de esa madre que dejaba su imponente aroma de fuerza de diosa en cada rincón ...

Pasé aquel largo fin de semana arreglando las plantas y limpiando, tras el invierno, el patio de la antigua casa familiar. En medio de la vorágine de los últimos balanceos de la vida, era como que, inconscientemente, recurría a los quehaceres más prosaicos para alejar de mi mente la punzada de la inquietud. Porque puede que la limpieza y el orden en nuestro entorno físico se convierta en el reflejo cotidiano de la asepsia que, en ocasiones, buscamos en nuestro universo interior. Y hasta puede que sea un modo rudimentario de conectar con lo supremo; un modo, quizás, de meditación, que nos abstrae y nos desidentifica, aunque sólo sea parcialmente y por momentos, del laberinto, a veces complejo y casi siempre maravilloso, que es la vida.

Ya con la piel de mis manos maleada por el agua y el contacto directo con las plantas y la tierra, una vez la tarea terminada, disfruté realmente de la blancura de las paredes, de la prestancia del silencioso roble, de las plantas libres de hojarasca maltrecha y de las flores luciendo entre tímidas y altaneras lejos de las malas hierbas que ocultaban su existencia. Y fue como reencontrarme con el pasado.

¡Qué mágico es ese patio! A veces he pensado que tiene algo de sagrado. Siempre recuerdo a la niña que fui ligada a este patio que ha sido, a lo largo de mi vida, un silencioso testigo de mis encuentros con mi dimensión más sutil y profunda. Desde muy pequeña salía al patio muchas noches, en pijama y a escondidas, cuando la casa ya estaba en silencio y todos dormidos, a mirar las estrellas, a respirar profundo y sentir la fuerza de la vida, materializada, como por un conjuro mágico y secreto, en este pequeñísimo, diminuto, rincón del universo que, por unos instantes, se convertía en mi templo; en ese lugar sagrado en el que yo realizaba mis conexiones con la totalidad y me encontraba conmigo.

Ahora todo es diferente; ya no hay tres niños dando vida a la casona y ya no se siente el halo rotundo de esa madre que dejaba su imponente aroma de fuerza de diosa en cada rincón; ahora ya no tengo que esperar a que todo esté tranquilo y sumergido en el silencio mágico de la noche para salir al patio a mirar hacia el cielo limpio y saborear la dimensión más etérea de la existencia. Sin embargo, a veces, cuando regreso, lo sigo haciendo. Sigo esperando a que llegue la medianoche para disfrutar de esos deliciosos momentos. Me siento en una de esas viejas sillas barrocas del jardín y levanto la mirada hacia el cielo, buscando, de nuevo, las estrellas. Y las miro. Y respiro.

Y ahora, en primavera, el viejo y sobrio patio castellano, como si hubiera pactado con los ciclos naturales de la vida, resucita y vuelve, como cada año, a adquirir ese aire de impoluta blancura, de colores eternos y aroma de albahaca. Ya han florecido los jazmines y el romero, la hierbabuena y los naranjos perfuman el aire e inundan la casa entera de vibraciones sutiles, mezcla de recuerdos, de profundidad y del sabor agridulce de cierta melancolía.

Es ahora, tan lejana ya la niñez, cuando mi contacto con esa dimensión tan profunda se convierte en un verdadero placer para mis sentidos, tanto como para mi alma. Y es ahora cuando ese viejo y secreto rito, antaño espontáneo, secreto e infantil, es algo consciente y lleno de significado. Ya no siento ese pudor inocente. Porque ya entiendo, porque ya no me escondo de mí misma, y porque más que nunca experimento, siempre que puedo, el goce exquisito de llenarme de paz y de saborear mi profundidad en ese mi querido, empedrado y viejo patio. Mirando las estrellas.

Óleo sobre lienzo de Dolores Núñez