Espacio Luke

Luke nº 136 - Febrero 2012. ISSN: 1578-8644

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Bestiario

José Morella

Claus y Lucas, los gemelos protagonistas de la fabulosa trilogía de Agota Kristof (El gran cuaderno, La prueba y La tercera mentira), dan mucho miedo. La gente se horroriza al ver lo que esos niños son capaces de hacer. En cierto modo recuerdan al juez en la novela Meridiano de Sangre, de Cormac McCarthy: no tienen escrúpulos. Pero al mismo tiempo son radicalmente distintos. El personaje del juez representa el mal absoluto, el demonio que vive en la especie humana y que se nos traga, mientras que Claus y Lucas, por contra, tienen una moral. Una moral incomprensible para los otros personajes –salvo, tal vez, para su abuela–, pero moral al fin y al cabo. Se rigen por una serie de normas. Castigan o ayudan a quien consideran que hay que castigar o ayudar. Lo que les caracteriza es el modo perfecto, sin fisuras, en que se adaptan al mundo que les toca en suerte. Todas sus acciones y pensamientos conducen sin demora y sin distracción posible a sobrevivir a la guerra y a la miseria. En cierto sentido están más cerca de los animales que el resto de los personajes: no pierden ningún tiempo juzgando a los demás o a sí mismos, pensando, alegrándose o entristeciéndose. No le dan muchas vueltas a la cabeza. Roban, chantajean, matan, entierran, ayudan, estudian, se fortalecen, comen, ayunan o leen. Hacen lo que hay que hacer y se acabó. Luego se olvidan y pasan a lo siguiente. No hay tiempo ni energía que perder. Ellos se adaptan a la guerra como el agua se adapta al recipiente en el que es vertida. También como el agua, por seguir con el famoso símil taoísta, sabrán perforar gota a gota la roca y traspasarla. Un paralelo posible que se me ocurre es el que hoy en día se hace para distinguir a los que llaman «nativos digitales» de los «inmigrantes digitales». Alguien nacido en 1960 es un inmigrante porque ha llegado al cibermundo desde otro lugar y ha tenido que integrarse. Ha aprendido a caminar, por así decirlo, siendo ya mayor. Un chico nacido en 1995, sin embargo, ni siquiera tiene conciencia de haber aprendido nada. Más que usar la tecnología, está bañado en ella. No la maneja con un para qué. Está rodeado por ella pero sin fricción, de modo que no se desgasta ni se esfuerza. Sustituyamos la tecnología por la muerte y la miseria de la guerra y entenderemos a Claus y Lucas. Claus y Lucas son nativos del país emocional y vital llamado la guerra. Los otros, los mayores, esos que han vivido en paz alguna vez, son los inmigrantes o refugiados que han quedado atrapados en ese país. Los inmigrantes se quiebran y se desmoronan. Traicionan y son traicionados. Tienen miedo. Sucumben. Claus y Lucas son la forma en que la guerra pare hijos y le crecen. Son una quiebra evolutiva en el ser humano que aparece como posibilidad en el horizonte de lo real en el siglo XX y que no sabemos en qué cristalizará. Pero da la sensación de que el superhombre y el infraser llegan a parecerse demasiado. Eso es, creo, lo que nos inquieta.

AgotaKristof