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Espacio Luke

Luke nº 131 - Septiembre 2011

Escritores en cueros

Mari Carmen Moreno Mozo

Me gustaría que todos aquellos que queréis dedicar vuestro tiempo a la escritura os hagáis esta pregunta: ¿Cuánto vale mi esfuerzo? ¿Hasta dónde estoy dispuesto/a a llegar para conseguir que mi sueño se haga realidad? ¿Estoy dispuesto a escribir un post de doscientas cincuenta o trescientas palabras y cobrar por él la cantidad irrisoria de un euro? ¿Cuántos post soy capaz de escribir en una hora?

Seguro que a más de uno/a se le ha caído el mundo encima cuando ha visto lo que pagan por este tipo de servicios. Creo que todo aquel que acepta que se infravalore su trabajo está allanando el camino a todos los medios de comunicación, blogs profesionales o empresas para que desprestigien al “pobrecito hablador”, un escritor en cueros que araña microsegundos de supervivencia.

Los que solicitan estos servicios menosprecian al lector e infravaloran al autor. Creen que somos capaces de abalanzarnos sobre los contenidos, sin siquiera valorar el tipo de información que nos es ofrecida. Seguramente algo de razón tengan. Toneladas de información saturan nuestros ojos hasta provocarnos una euforia ilusoria; la sensación de que estamos verdaderamente informados, cuando en realidad lo que nos es ofrecido son micro-partículas de información que se evaporan en el aire de la blog-esfera.

Pero nada es comparable a la depravación del escritor, que se cree muy capaz de adaptar su escritura camaleónica a los nuevos tiempos. Él estira sus conocimientos con imparcialidad para dárselas de entendido en cualquier materia, como si su mente pudiese albergar la suma del conocimiento; no necesariamente debe ser un experto en la materia, sino más bien una hormiguita trabajadora, dispuesta a almacenar informaciones a una velocidad de vértigo.

Desde luego, este tipo de prácticas pone a más de uno sobre aviso, y aquel que es cigarra cantarina sigue dedicándose a su arte, malviviendo sin un triste mendrugo de pan que llevarse a la boca, navegando a contracorriente. Al menos, cuando sale a la superficie, la cigarra orgullosa reconoce a sus hijos: sabe que lo ha escrito es el “sello de su identidad”.