Luke nº 119 - Julio/Agosto 2010 (ISSN: 1578-8644)

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La máscara y el canto II
... El fotógrafo, en este caso, con su arte debe visualizar el silencio, y hacerlo visible a los demás ...

Emilio Varela Froján

Notas sobre la fotografía. .Un retrato fotográfico de Luis Fernández

Que la fotografía sea primordialmente visual no quiere decir que no tenga mayores contenidos que la luz y las imágenes, pues tan importantes para el fotógrafo y la fotografía son la capacidad de mirar y describir, de representar y expresar las formas y los contenidos, como la de inmovilizar y silenciar los seres y las cosas del mundo. Más que detener los objetos y crear imágenes, o ser el reflejo de la naturaleza y el espejo del rostro, la fotografía debe a través de la luz permitir la visibilidad del silencio o, lo que es lo mismo, la inmovilidad del propio espacio. Y, de otra forma más precisa, permitir la contemplación del silencio y la respiración de la luz. El fotógrafo, en este caso, con su arte debe visualizar el silencio, y hacerlo visible a los demás, fotografiar, justamente por ello, lo que es más difícil de ver, lo que realmente permanece inmóvil en los continuos cambios que sufren la naturaleza y la vida. Entonces, el fotógrafo hace sus mejores fotografías, no de un pensamiento abstracto procedente de la imaginación simbólica, de los espacios figurados de la representación y de las luces inventadas de la belleza, sino de un nivel superior de realidad en la visión del mundo, de la conciencia de los límites y de las formas de la inexistencia. La fotografía es, por lo tanto, la manera precisa de poner las cosas en el tiempo real de la creación, de dotar a los espacios de la lucidez concreta del vacío, y de cuerpo y materia a las formas de la ausencia en la luz de la desaparición. En la propia naturaleza de la fotografía, en las características específicas que aportan sus propios medios, están los valores estéticos, profundamente metafísicos, que sólo ella objetivamente puede captar, es decir, la luz que en la duración exacta de la inmovilidad, definitivamente, queda como la definición concreta de lo absoluto en el fragmento exacto y limitado de la fotografía.

El recorte del fotógrafo es certero y, al instante, nos deja inmóviles ante lo que contemplamos. Es un retrato fotográfico del pintor Luis Fernández (1900-1973), junto al cráneo de uno de sus cuadros. La intención primera de la fotografía es la de aproximarnos el rostro del pintor a la figura del cráneo. Y vemos, de inmediato, cómo el rostro del artista repite el gesto grave de la calavera. Que la porción oscura del cabello sobre la sien, la dimensión de la frente iluminada, la mirada ausente bajo los arcos de las cejas, y la mueca del rictus en la boca están y coinciden una a una en las formas de los huesos y las sombras del cráneo. Pero lo esencial en esta fotografía no es su contenido visual, pues lo que nos hace detenernos en ella es, contrariamente, lo que no podemos ver por haberse quedado más allá de sus márgenes, algo que observamos sin ver por estar fuera del encuadre. Así, ocurre que la cabeza del pintor está incompleta por el corte fotográfico, y que sus ojos miran fuera de la fotografía, hacia un lugar diferente al de la cámara, y, por lo tanto, a la posición del fotógrafo, en la misma dirección en que se orienta el cráneo, lo que convierte la expresión de su rostro sesgado en algo parecido a la figuración de una ausencia, y su mirada en la revelación del ser concreto de una desaparición. Es decir, lo retratado se resiste a ser la visión objetiva de la cámara y la mirada subjetiva del fotógrafo, pues quiere ser sólo por sí mismo, escucharse en su más íntimo silencio, y existir en un espacio y en un tiempo que le sean propios, concretamente, en una dimensión y una duración diferentes a la naturaleza y a la vida, que no es el sitio de la representación y del mito, ni la edad de lo simbólico y del ritual, sino la contemplación y la respiración de las formas del tiempo y de la luz en el lugar de la inmovilidad y a la hora del silencio, precisamente, donde el fragmento va a coincidir con el límite, y el instante a suceder con el término. En estas condiciones extremas, la fotografía quedaría igualmente definida como la visibilidad del silencio y la forma corpórea del tiempo.

Es por prescindir de los significados y de su figuración, y desterrarlos de la imagen, por lo que el silencio creado se acerca más claramente a nosotros, se vuelve más sonoro. Además, si no se dispone de símbolos que interpretar y figurar es que la voz del silencio no nos llega por ellos. Efectivamente, si entre nuestra mirada y la del pintor hay silencio, entre las formas de su rostro y las del cráneo hay una absoluta inmovilidad, y ésta no se oye como las voces, se siente directamente como una falta. Entonces, comprobamos que lo que no vemos es lo que mejor se escucha. Y es, justamente, en los límites y términos concretos de esta fotografía, que ni representa el gesto de una figura, ni expresa su contenido simbólico, donde se materializa lo que se oculta ciertamente a la mirada, es decir, la luz y el latido del ser íntegro de la máscara. Pues, siempre que se dan juntos rostro y cráneo, necesariamente tiene que haber una máscara. Sin embargo, ninguna de las dos figuras es el reflejo ni el eco de otra cosa distinta a su ser. Pero aquí, juntas en la fotografía, forman un único cuerpo de inmovilidad y de silencio. En definitiva, es la máscara de lo absoluto, diferente a la de la belleza y a la del ideal, que no tiene en los ojos la imagen y la lágrima, ni en la boca el significado y el llanto, sino la luz de las desapariciones y el sonido de las ausencias. Máscara del vacío, no de la representación y de la expresión, que como último gesto tiene la inmovilidad, y cuyo único significado es el silencio.

retrato
retrato fotográfico del pintor Luis Fernández