Luke nº 119 - Julio/Agosto 2010 (ISSN: 1578-8644)

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Corto Maltés se despide de Venecia
... Y yo amo la vida por encima de todas las cosas y por eso te tengo miedo, Venecia, miedo a tu levítica belleza, ...

Javier Martín Santos

Te amo, Venecia, y por eso te tengo miedo. Tengo miedo de que tu hermosura me atrape para siempre en los laberintos de tus estrechas calles, en la indolencia de la noche bajo el hechizo de la luna mediterránea, en la tersa piel de los cuerpos de tus hermosas mujeres. Porque dejarse envejecer en una sola ciudad el resto de la existencia es como sentenciar la vida a muerte antes de tiempo. Y yo amo la vida por encima de todas las cosas y por eso te tengo miedo, Venecia, miedo a tu levítica belleza, miedo a la tentación de renunciar a vivir sin la libertad del viajero que ya ha cruzado todos los océanos y ha fondeado su soledad en los puertos de medio mundo.

Te amo, Venecia, ciudad donde siempre vuelven a descansar mis fatigas de marino sin patria. Te amo, Venecia, pero no quiero dejarme atrapar por mucho tiempo en la cárcel de tu embriagadora hermosura. El mar me espera más allá de tus canales y tus tierras bajas, más allá de las esbeltas torres de tus iglesias y tus plazas anegadas frecuentemente por las mareas. Me esperan horizontes lejanos donde aún es posible sentir el misterio de la aventura a flor de piel, puertos de mar donde nadie pregunta de qué lugar procedes cuando arribas a sus muelles, ciudades míticas que ya sólo son ruinas dibujadas en viejos pergaminos desperdigados en polvorientas bibliotecas, aunque un sinfín de peligros insospechados acechen, de golpe, de improviso, ocultos entre las sombras de la noche tras las esquinas de laberínticos callejones. Por eso me alejo de ti siempre que puedo, Venecia, porque en el mar abierto me siento libre y nadie puede decidir lo que mañana va a acontecer en mi vida. Y si la muerte llega un día, imprevisiblemente, en cualquier costa donde me encuentre, donde mi barco haya naufragado en los afilados arrecifes de un mar desconocido, por el azote desmedido de una despiadada tempestad, que allí mismo me den sepultura, bajo la arena de una playa desierta, porque así lo habrá querido mi destino. El sol, al fin y al cabo, no entiende de naciones, lenguas y razas, y alumbra en todas partes por igual. Como también lo hace el destello de la luna en el lienzo negro de la noche. Y yo siempre he querido ser tan libre como el sol y la luna vagando con su luz por todos los mares de la faz de la Tierra.

Te amo, Venecia. Mañana mismo me alejaré de las dársenas de tu puerto en busca de una nueva aventura allende los mares. Eres demasiado bella, Venecia, para quedarme mucho tiempo atrapado en las terrazas de tus tabernas, fumando un cigarrillo tras otro, en silencio, mientras contemplo, indolente, el paso de la vida frente a mis ojos, o mato los días bebiendo botellas de vino en compañía de mis viejos y desocupados amigos. Mañana partiré lejos de aquí, Venecia, sin saber a ciencia cierta dónde se encuentra mi próximo destino, ni qué avatares sufriré en medio de la travesía, aunque sé que tarde o temprano, Venecia, mi cuerpo buscará de nuevo en alguna de tus antiguas mansiones una acogedora habitación como refugio de mis errantes viajes.

Corto Maltés en Venecia
De "Fábula de Venecia" de Corto Maltés. © Hugo Pratt