Luke nº 113 - Enero 2010 (ISSN: 1578-8644)

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Las diez
... al final de las escaleras hay una sala con una secretaria que me recibe de una manera muy dulce. Me gusta cómo pregunta mi nombre hablándome bajito, yo la imito preguntando el suyo hablándole también muy suave ...

José Manuel Botana

Son las nueve y veinte, hemos quedado a las diez para hacer el test y asumo con dignidad que me quiera enredar en este asunto, incluso hasta puede que necesite ir a un seminario en los Cárpatos para hacer una valoración de las respuestas y así saber dónde se desbordan o dónde no llegan nuestras energías; sonrío y disfruto del calorcito del sol mientras imagino las preguntas del cuestionario. “¡Qué más da!”, pienso, “es por salvar este amor pachucho. Además, yo le quiero al menos un poquito y él a mí también; si no, no habría montado todo este tinglado”. Las nueve y veinticinco, no voy a dar marcha atrás ahora y privarme de vivir esta experiencia, así que subo un peldaño tras otro como princesita que despierta a los cincuenta y cinco años, con un sueldo raquítico y sin haber probado el veneno de la mandrágora.

Espero que quien nos haga el test sea una buena comunicadora, quiero responder divertida y curiosa, no me gusta repetir las cosas y menos las privadas, que si las repites, parecen absurdas. No está bien exponer todas las piezas del puzzle ante una extraña con cara de póquer que a saber lo que hace con toda esa información, lo mismo termina en una película de culto, a ver si no en que se inspiraban los argumentos de Bergman o las letras de las canciones de J. Gurruchaga.

Al final de las escaleras hay una sala con una secretaria que me recibe de una manera muy dulce. Me gusta cómo pregunta mi nombre hablándome bajito, yo la imito preguntando el suyo hablándole también muy suave.

–Me llamo Jimi…

–Jimi…, ¿sabe si ha llegado el señor?

–Sí –responde sin darme tiempo a decir su nombre y apellidos–. Ya se ha ido. El test se hace por separado.

Desenfundo el móvil a modo de Colt 45 para pedir explicaciones, ya no quiero sentirme curiosa ni ser divertida, Jimi agarra mi mano para impedir que realice la llamada.

–¡Qué coño haces! –grito.

Sí, grito a una desconocida a la que hace menos de un minuto hablaba de forma suave y afectuosa. Se abre una puerta y aparece quien supongo es la terapeuta, toda vestida de negro con un jersey de cuello cisne de los caros.

–No le contó...

–Evidentemente no me contó, esperaba encontrarme aquí con él.

Y comienza a hablar pausado, con la cabeza bien alta, haciendo fuerza (supongo que para contenerse y no darme un soplamocos). Su habla es nasal y algo afrancesada, miro el movimiento de sus labios, que, cuando se detienen, lo hacen de una manera brusca, gira sobre sí misma, sus pechos cortan el aire con la seguridad que da el pensar que la acompañaré a su despacho, pero mi convicción pegada con cola súper-rápida para hacer el test comienza a ensancharse alejándose cada vez más del viaje a los Cárpatos; a decir verdad, siempre se me han dado mejor los exámenes orales. Salgo por la puerta con piernas de plomo, que son perfectas para bajar los peldaños que acabo de subir, en el bolso suenan los compases de la novena del magnífico Ludwig van Beethoven. ¡Cómo coger ahora el teléfono e interrumpir este instante!

salve

Obra: Salve
Artista: Malena de Botana
Técnica: óleo sobre lienzo
www.lineas.org
www.malenadebotana.com