Luke nº 123 - Diciembre 2010 (ISSN: 1578-8644)

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Bestiario
... La política es también muy jorkinsiana. La constante promesa de reformas de los políticos es la ratificación de que en el pasado cometieron cantidad de dislates que ahora hay que arreglar ...

José Morella

Uno podría leer y releer a Charles Dickens toda la vida y casi prescindir de novedades. Yo tengo que contenerme para no escribir aquí, exclusivamente, de las alegrías que me da. Un ejemplo: tras meditar concienzudamente, la tía de David Copperfield decide que lo mejor que puede hacer por el futuro de su sobrino es patrocinar su pasantía como aprendiz de apoderado en Spenlow & Jorkins. Cuando David, después de presentaciones y formalidades, insinúa (sin llegar a formular la pregunta) si le van a pagar algo por su trabajo durante el periodo de aprendizaje, es decir, si habrá sueldo, el señor Spenlow se limita a informarle de que su socio, el señor Jorkins, es rigurosamente escrupuloso en lo tocante a ese punto: ni un duro. Spenlow y Jorkins son el antecedente del ahora ya aburridísimo lugar común de la pareja de policías en la que uno hace el papel de hombre duro y el otro de policía comprensivo: las fuerzas del Estado te sonríen con una cara mientras te esposan las muñecas con otra. Ahora me cuesta no ver, en el interior de todas las cosas, a Spenlow y a Jorkins. La publicidad es un ejemplo obvio: A Spenlow no le importaría que, con el coche que te quieres comprar, te llevaras de regalo a la maciza rubia que sale en el anuncio. Pero Jorkins es muy riguroso en este aspecto, y cuando vas al concesionario te vuelves con coche, pero sin chica, y con un préstamo que pagar durante años.

La política es también muy jorkinsiana. La constante promesa de reformas de los políticos es la ratificación de que en el pasado cometieron cantidad de dislates que ahora hay que arreglar. Es muy difícil pensar en los políticos de primera fila sin sus Jorkins. Cuando, años después de que les hayamos votado, se les pregunta a los políticos por las promesas no cumplidas, suelen escudarse en prolijos informes escritos, suscritos y sellados a conciencia por sus Jorkins, en los que se asegura que el presidente o el ministro promovieron tal o cual cosa con todas sus fuerzas, pero la coyuntura hizo que tuviera que intervenir el señor Jorkins. También existen políticos que son a la vez, claramente, Spenlow y Jorkins. No vamos a dar ejemplos, porque supongo que no hace falta. Pero precisamente eso es lo que más me fascina: la idea de que dentro de todos y cada uno de nosotros haya un Spenlow y un Jorkins. Me encantaría invitar a esa chica a salir, pero hay otra voz en mí que me dice: “Seguro que no quiere”. Esa voz es Jorkins. Jorkins está seguro de eso, y es insobornable en sus seguridades. Es una voz extremadamente conservadora y asustadiza, un inspector de policía mental. Querría cambiar de trabajo, pero Jorkins sabe que con la que nos está cayendo encima no conviene aventurarse a cualquier cosa, y que mejor malo conocido, etc. Sería estupendo levantarme a las doce todos los días, pero Jorkins sabe que hay muchas cosas que hacer, y no me lo permitiría. Cuando un día Jorkins se vaya para hacer algún recado o le entre una afonía que lo enmudezca por un rato, pienso comprar una botella de vino y llamar a esa chica con la que me encantaría salir para abrirla y bebérnosla juntos. Un día de estos, cuando Jorkins se despiste. A Spenlow no le importaría que lo hiciera en este mismo instante, pero es que Jorkins...