Luke

Luke nº 105 - Abril 2009
ISSN: 1578-8644
Sergio Sánchez-Pando

Zarzalejo Blues. Indignación, Philip Roth

Desde hace un tiempo, cada vez que se publica un libro de Philip Roth, uno se plantea lo distinta que hubiera sido la percepción de su obra de haber fallecido, pongamos por caso, hace diez o doce años, antes de la aparición de Pastoral Americana, una obra fundamental en su carrera. Tan morboso pensamiento viene inducido por una reflexión acerca de tantos escritores que, a diferencia de Roth, vieron sus carreras truncadas por una muerte temprana. Uno no puede evitar preguntarse por la forma que habrían tomado sus trayectorias en caso de haber sido desarrolladas hasta el fondo y por cómo ello habría modificado la opinión que hoy tenemos de sus autores. Es también verdad que la serie de estupendas novelas que nos ha legado el propio Roth a una edad ya avanzada no está al alcance de muchos. Pastoral Americana serviría de turning point, el clásico acontecimiento que marca un antes y un después, que separa en este caso una larga y fructífera etapa caracterizada por una escritura de corte narcisista y neurótica, consistente e ingeniosa –asentada en la mejor tradición de la narrativa judía norteamericana, que él estira y distorsiona–, de otra ya de madurez en que los personajes dan al fin la impresión de zafarse del escritor, quien a su vez gana en libertad y eficacia a la hora de proyectar sus obsesiones, sin descartar alguna que otra vuelta a las andadas –ahora de un modo más consciente y premeditado–.

Indignación, la última novela de Philip Roth publicada en nuestro país (en Estados Unidos están pendientes de la siguiente, La humillación, última entrega de un frenesí creativo que sólo tiene parangón con la carrera cinematográfica de Woody Allen), puede quizá considerarse una obra menor –con todas las prevenciones que semejante calificativo tiene en la trayectoria de un gigante de las letras– por su breve extensión y lo comprimido de la trama, pero al mismo tiempo como una prueba de la vitalidad, de la rabia, que el maestro aún alberga.

La novela se remonta a los años cincuenta, a escenarios que a sus lectores les resultarán familiares: los barrios de la comunidad judía en un Newark en blanco y negro donde la prosperidad es el fruto de largas jornadas de trabajo en empleos de toda la vida –una tradicional carnicería judía en esta ocasión– y la identidad se funda sobre un rígido sistema de valores destinado a servir como garantía de futuro. El conflicto se sirve a través del instinto sobreprotector de un padre, que anima a su único hijo a elegir una universidad lejana a su casa con el fin de adquirir independencia y embarcarse en su proceso de autodescubrimiento, para acabar pagando un alto precio por sus ansias de libertad, dada la imposibilidad de adaptarse a una rígida institución cuyo funcionamiento no comprende y le aliena. La acción transcurre con el eco de la guerra de Corea de fondo, auténtica trituradora que se abastece de toda clase de jóvenes inadaptados. El afán obsesivo por parte del padre de proteger a su hijo se revela justificado al mismo tiempo que le sirve de condena.

Al margen de una nueva crítica a ciertos valores inherentes a la tradición familiar judía, Indignación podría enmarcarse en una corriente revisionista de ese conformismo característico de los años cincuenta en Estados Unidos. Con lecturas semejantes, a nadie puede extrañar que el corsé saltara por los aires en la década siguiente.

Indignación