Luke nº99 Septiembre 2008

¿Son reales los sábados?

Era un Centro Comercial del medio oeste español, o quizás fuera sureño y comanche, o puede que hubiera cruzado la línea que marca la parte más yanqui y yo no me hubiera dado cuenta. En todo caso era un Centro Comercial auténtico, homologado y reproducido hasta la locura en la identidad de sus franquicias. Estaba dotado de circunvoluciones en forma de pasajes o callejas elípticas, escaleras mecánicas, ascensor transparente y balaustrada sobre perspectiva de mosaicos. En los bajos descansaban los coches entre un bosque de columnas marcadas de colores básicos como si el parking fuera un mapa de boy-scout. Planta baja y primero, hipermercado y zona comercial. Segundo y tercero, área de recreo y esparcimiento: baretos, multicines, boleras y gimnasios que respondían al rótulo de “gym fitness” y ofrecían musculación aeróbica para los héroes; al fondo a la derecha, pasillo de lavabos e instalaciones lúdicas para la población infantil y seniors inmaduros.

Todo parecía tranquilizadoramente contemporáneo: el neón y la asepsia; la climatización; la música chill out y el flujo reposado de la gente. Aquello parecía una plaza mayor reciclada y reconvertida en foro multiétnico. Pero eran sólo las 15:45 en los relojes digitales de Carrefour. Espérate. La “action” empezó sin avisar. Una sarta de nombres inventados me acudió de improviso a la mirada como un enjambre de insectos inoculadores de consumismo: Vodafone, Movistar, Intersport, Master Cadena, Foot Locker, C & A, Imaginarium, Prenatal, Coronel Tapioca, Mango, Zara, Bershka... Una burbuja de pseudorealidad me asumió el cerebro y lo transformó en apto para el consumo medio. La gente empezó a cobrar tamaño de gentío, y luego de tumulto. Llegó un momento en que dejé de ver madres latinas con niñas de trencitas o jóvenes parejas caminando con sus “Converse”. Una marabunta de zombis borrachos me arrastraba y chocábamos contra los escaparates. Sus ojos me atravesaban, desencajados, vacíos, buscando piezas de oferta en el Más Allá. La cosa se mi iba de las manos. Me pregunté si los sábados actuales son reales aún, si existe una base razonable para confiar, o si ya formaremos parte de un programa virtual llamado “Weekend”. Aunque no sentía miedo. No soy cobarde. Llegué a comprarme una camiseta muy simpática por cinco euros.

Opinión

Ángela Mallén

Centro comercial