Luke

Luke nº 100 - Noviembre 2008
ISSN: 1578-8644
Sergio Sánchez-Pando

Zarzalejo Blues: Vicky Cristina Barcelona

Además de inteligente, Woody Allen es un tipo astuto. Basta ver el portentoso despliegue de relaciones públicas que ofrece en Vicky Cristina Barcelona. ¡Cómo interpretar si no el tierno homenaje que el director neoyorquino dedica a Oviedo, la ciudad donde recibió el premio con nombre de príncipe! A eso se le llama intercambio de favores: tú me homenajeas a tu manera y luego yo a la mía. O su guiño al nacionalismo autóctono, al atribuir estudios en identidad catalana, otorgándole así un reconocimiento implícito, a una de sus protagonistas americanas. Pero Allen tampoco se olvida de las autoridades municipales barcelonesas, convirtiendo su película en una oda a los encantos de la capital catalana. A este respecto hay que reconocerle el buen gusto de no introducir sus cámaras en el Nou Camp para asistir a un partido del equipo local, todo un ejercicio de contención si se tiene en cuenta que el director neoyorquino es un gran aficionado al baloncesto profesional de la NBA y asiduo en el Madison Square Garden cuando los Knicks de Nueva York atraviesan una buena racha. Pero aún más asombroso es que, incluso visto desde nuestro propio país, semejante ejercicio de buenas maneras no apabulla y ni siquiera llega a desequilibrar la película sino que se integra con naturalidad, como una pieza más de las muchas que conforman VCB.

Se puede argumentar, y de hecho así ha sido, que Woody Allen ofrece una visión demasiado idealizada de Barcelona: casas suntuosas, ambientes sofisticados, estampas de postal. Pero esa misma cualidad no ha evitado que se le atribuya el título de cronista no oficial de Nueva York –o de Manhattan, si se prefiere, dada su alergia a cruzar el East River salvo para rememorar pasajes de su infancia en Brooklyn– cuando los ambientes que allí retrata por lo general resultan igual de exclusivos. ¿Alguien recuerda a inmigrantes chapurreando inglés, o a despojos humanos –eso que en Estados Unidos denominan white trash (basura blanca)– ejerciendo de protagonistas en sus películas, o a sus personajes haciendo la compra en barrios marginales de la ciudad, deambulando por el gueto? Allen nunca ha presumido de ser un director realista, y sus puestas en escena no tienen más objeto que representar su visión de las relaciones humanas.

En esta ocasión, Allen se centra en los conflictos de amor como principal seña de identidad de las personas. Ése es el corazón cuyos latidos dotan de vida a la película. Lo que en manos de un director menos avezado habría fácilmente desembocado en extravío y confusión, Allen consigue llevarlo a buen puerto. Se puede acusar a sus personajes de estereotipados, pero sería injusto negar su habilidad para dotarlos de vida con unas pocas pinceladas, así como también su astucia para evitar el riesgo de entrar en disquisiciones sobre los contrastes culturales entre sus protagonistas: los únicos personajes españoles que aparecen en la película son los interpretados por Javier Bardem y Penélope Cruz, dejando aparte la fugaz aunque nada intrascendente aparición del padre de aquél durante sus visitas a Oviedo. De hecho, el personaje más estereotipado quizá sea ese aprendiz de tiburón de las finanzas que se halla prometido con Vicky, y no por ello deja de resultar delicioso.

Asistimos en la película a los conflictos estilo amour fou que se profesan los artistas Juan Antonio y María Elena (“Tú te apropiaste de mi estilo, de mi visión”, le reprocha ella, y él lo admite mientras se lamenta del desequilibrio crónico de ella) representados por Bardem y Cruz –esta última, en mi opinión, a nivel superior que en Volver, donde los referentes de la Magnanni y la Loren pesaban demasiado–, a la incapacidad para definirse sentimentalmente por parte de la elusiva Cristina (Scarlett Johansson), a la rectitud minada de dudas de Vicky (Rebecca Hall), o al desengaño en plena madurez de la tía y anfitriona de ésta (Patricia Clarkson) y su tentación de contagiar su experiencia personal a su sobrina. Seres necesitados, vulnerables, que se lanzan o se contienen, con prejuicios o sin ellos, que buscan o son buscados –dado el significado que Allen concede a sus bandas sonoras no parece casual que, aunque tópica desde nuestra perspectiva, la melodía de “Entre dos aguas”, de Paco de Lucía, sirva de contrapunto a las imágenes–, al servicio de una película que evita los juicios moralizantes y tampoco ofrece soluciones, que no aspira a influir ni a condicionar tu visión de la vida, pero que al menos durante la hora y media de su metraje te ayuda a reconciliarte con ella.

Vicky Cristina Barcelona
Vicky Cristina Barcelona
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