Luke

Luke nº 100 - Noviembre 2008
ISSN: 1578-8644
Rebeca Arnal

Reader’ Rest

Estaba disfrutando de la lectura de La sombra del viento, de Zafón, mientras pasaba unos días en Inglaterra, por razones que no vienen al caso. Los pueblos de casitas bajas con florecitas en el jardín y ventanas de marcos pintados resultaban inspiradores, y los pequeños cementerios cubiertos del oscuro cielo que anuncia tormenta, muy sugestivos; me gustaba sobretodo la mezcla entre lo encantador y lo escabroso que puede resultar un paisaje inglés.

A mi paso por Lincoln, tres horas al noreste de Londres, cortada por un canal, repleta de iglesias y coronada en la colina por la inmensa catedral, encontré mi particular cementerio de libros.

Se encuentra en el número 13 de Steephill, una empinada calle de adoquines, con estrechas casas antiguas, que se funden unas con otras. A media altura, para coger aire, hay un pequeño rellano, y allí, con vistas al abrupto callejón, se encuentra un solitario banco de madera. Tras el banco, como salida de un cuento, aislada de las demás, una casita de rojizos ladrillos abrazada por enredaderas, anuncia el Readers Rest (El descanso de los lectores).

En los carteles pintados a mano, se lee: “Fuera de este mundo, pero en Lincoln, un entero nuevo mundo de libros de segunda mano”.

Es la extensión de la vieja tienda, que quedó pequeña para sus miles de libros, más de sesenta mil ejemplares, que todavía aguanta justo enfrente. Allí entré, en la tienda original, empujando con cuidado la frágil puerta de cristal.

El suelo crujía a cada paso, por la vieja madera que se escondía bajo una fina moqueta. Me recibieron las caras sonrientes de niños repeinados, postrados en las colecciones de postales de anuncios de los años cincuenta.

Entonces me percaté del hombre bien alimentado, de gesto amable y claras gafas, que leía tranquilo sentado en un taburete, tras un diminuto mostrador.

Me adentré en una pequeña sala a mi derecha repleta de estantes; los carteles de las secciones, escritos a mano, estaban cuidadosamente pegados en algún hueco a la vista.

Los libros reposaban, algunos apretujados en su sección, otros más holgados, generando un ordenado caos, invitando a la búsqueda.

Los pasillos, estrechos y largos, con estantes a lado y lado, formaban un pequeño laberinto hacia otras pequeñas salas, con pequeños desniveles, sorteados con un par de crujientes peldaños desgastados. En el rincón de las novelas de misterio, las estanterías estaban dispuestas en semicírculo, como si los libros te acechasen, esperando a saltar encima de ti. El pasillo principal estaba reservado para la ficción y la fantasía, y en la sala de medios, música y cine, las estanterías colocadas asimétricamente producían la sensación de sentirte rodeado, libros al frente, libros arriba, libros a tus espaldas, como en una conspiración. La inclinación de algunos estantes saturados producía incluso la sensación de que, al tocar uno, el resto se desplomarían sobre mi cabeza.

El tiempo me había abandonado; fue el afable señor quien tuvo que rescatarme de entre las biografías, donde cientos de estrellas compartían sus vidas. Con inglesa puntualidad había llegado la hora de cerrar. Me faltaron horas para perderme en aquel pequeño paraíso literario, y esta vez sólo compré un ejemplar moderno de 1999, The faber book of Writers on Writers, muy bien de precio. Me quedé con las ganas de encontrar alguna joya escondida, de aquellas rebozadas en polvo, pero me llevé una indescriptible sensación y una postal con una pintura del lugar.

Me quedé mirando cómo giraba el rótulo a Closed (Cerrado), despidiéndome de aquel mágico rincón que a todos los amantes de los libros os invito a visitar.
librería