Luke nº95 Abril 2008

Zarko Petan: entre el recuerdo y la memoria

Nadie hablaba ya.
Ni de ese padre cuyas huellas buscaba
(Albert Camus)

Padre..., eras mayor de lo que era
y más joven de lo que soy
(Hans van de Waarsenburg)

Tras los pasos de mi padre es la novela más personal y autobiográfica del escritor esloveno Zarko Petan (Ljubljana, 1929). En Eslovenia, la novela es publicada por razones editoriales en el año 2000, dentro de una antología de once textos recopilados bajo el título de Revolución y muerte (O revoluciji in o smrti), una colección de relatos microscópicos y agridulces sobre la guerra, como el breve cuento «Pregnanstvo» («Exilio»), donde un viejo espera en un pueblo bosnio deshabitado a que venga alguien que hable su lengua materna. Precisamente, el tío Evstahij (hermano de la madre del autor) de Tras los pasos de mi padre encierra un fuerte parecido con ese anciano que espera.

El gran escritor de las letras eslovenas es dramaturgo y autor de novelas, cuentos y de aforismos y necesita de la vida –su auto(bio)grafía– para contar. En un libro titulado Preteklost (El pasado), de 1987, donde aborda entre otras asuntos el horrendo tiempo que pasó en una cárcel militar entre 1959 y 1961, Zarko Petan admite de forma resignada que su escritura es «un conjuro contra los fantasmas del pasado, siempre hay que estar abriendo la caja de Pandora».

Recordando la novela Die kleine Figur meines Vaters (La pequeña figura de mi padre) (1975-1987), de Peter Henisch (1943), el autor austriaco compara el recuerdo de su padre con unas «islas de recuerdos en un mar de tiempos olvidados». La pluma es un comodín en busca de la memoria perdida. También para Zarko Petan: la palabra «recordar» es tal vez uno de los verbos más frecuentes de su narrativa. En Dvojcka (Gemelos) –novela epistolar de 1983 donde surge la figura de un hermano gemelo que en la década de los cincuenta emigra a la entonces Alemania Federal–, Zarko Petan escribe que hay «recuerdos que se incrustan de forma dolorosa en la memoria de la gente; y con los años no puede liberarse de ellos, sino todo lo contrario: cuanto más lejanos, más se aposentan y más frecuentes y más fuertes y más ruidosos son». En busca del rompecabezas de la memoria, Gemelos también dedica bellos pasajes al recuerdo del padre, según el punto de vista de cada hermano: Zarko y Branko Petan, cuyo nombre real, por cierto, es Bogus. Destacan, es de esperar, los reproches fraternales, debido a la distancia en el tiempo y en el espacio. Branko escribe desde Alemania a Zarko, que está en Eslovenia, lo siguiente:

«¿Te acuerdas de nuestro padre? Soy consciente de que es una pregunta impertinente. Has convivido con él mucho más tiempo que yo, exactamente quince años más que yo, murió quince años después de mi partida al extranjero. Durante todo ese tiempo sólo nos hemos visto una vez cuando fue a Alemania a verme una semana, pero tú, en cambio, has vivido con él hasta su muerte. Pero a través de la distancia me parece que lo he conocido mejor que si hubiera estado cerca de él. De cerca, su carácter vehemente colapsaba todas sus demás virtudes; de lejos la vehemencia perdía fuerza y surgían a flote otros testigos casuales de su eterno carácter contradictorio: la delicadeza, la exactitud y la sensibilidad. La distancia física entre él y yo la he superado fácilmente con la fantasía; en la memoria que he recompuesto pedazo a pedazo como un mosaico, se veía una imagen más nítida que antes. Cuando vivíamos juntos siempre estábamos riñendo, casi siempre por algo insignificante, nos peleábamos y nos soliviantábamos como dos cabras. Pero cuando entre nosotros hubo mil kilómetros y para la época una de las fronteras más herméticas de Europa, nos reconciliamos, aunque por ejemplo sólo nos escribiéramos una carta postal o una credencial de vez en cuando».

La muerte del padre de Zarko Petan también aparece en el testimonio sobre su experiencia carcelaria, descrito en El pasado:

«En la cárcel supe de la muerte de mi padre. En uno de los interrogatorios me habían dicho que mi padre estaba gravemente enfermo. Debía confesar si quería verlo con vida. Cuando me trajeron la noticia de la muerte de mi padre, al principio no la tomé en serio. Pensaba que de nuevo se trataba de una artimaña. Acto seguido me enseñaron una foto de mi padre en el tanatorio. No culpo a nadie de la muerte de mi padre. El hecho de que yo estuviera en la cárcel le había afectado».

La novela Tras los pasos de mi padre –traducida a idiomas como el alemán (2000) y el checo (2004)– intenta recuperar la figura del padre en tiempos revueltos: el hijo (Zarko Petan) tras el mito de su padre, el apuesto, enigmático y emprendedor Joseph Petan (1892- 1960). Según los valores contemporáneos –escribe no sin cierta ironía Zarko Petan–, hoy día su padre sería considerado un capitalista. En la novela, después de la ausencia viene la nostalgia, y el hijo Zarko desea superar a su padre en edad. La propia biografía sirve para crear una obra de ficción que se convierte en la historia de su pasado.

Al igual que Jacques Cormery, el alter ego de Albert Camus que en El primer hombre (obra póstuma de 1994) comprueba ante la lápida de su padre –contra cualquier sucesión lógica del tiempo– que él (hijo) es más viejo que Él (padre), Zarko Petan desea saber quién era ese hombre que le parecía más cercano que ningún otro ser en el mundo. Al final de la obra, la preocupación por superar a su padre en edad se acerca a veces a la idea tormentosa sobre la inmortalidad de El Capitán, personaje de la obra de teatro titulada El padre (1887), de August Strindberg (1849-1912).

El escritor esloveno desentraña la memoria para explicar(se) su circunstancia actual. Su amplio despacho, en una céntrica calle de Ljubljana y muy cerca del ciclópeo Parlamento, no sólo está lleno de papeles y de libros, sino también de fotografías y de iconos del pasado. Retratos de su padre, de su madre, de escenas teatrales con célebres actores de teatro de distintas nacionalidades; dibujos y caricaturas del propio Petan en acción, dirigiendo por ejemplo Hamlet en Klagenfurt; certificados en extrañas lenguas de sus hazañas teatrales. Pero hay una foto que llama la atención por su pretérita belleza. Es la imagen en blanco y negro de su tía Vida Petan (1912-1939), hermana menor del padre, cuyo rostro y rastro asoman en esta novela. Una mujer joven, guapa y atractiva como una actriz de cine mudo. En la novela, varias anécdotas de la vida de los Petan ponen de manifiesto entre otras cosas que no conocemos bien las manías, los miedos, los deseos ni los caprichos de nuestros seres más próximos hasta el último momento de la Gran Partida a la Otra Orilla. Moira –una chica pálida que hace auto-stop– hace ver a Zarko algo que él intuía: la muerte es algo que pasa a todo el mundo. Petan hijo, después de haber perseguido y alimentado la memoria, se resigna al presente y acepta el destino de cada uno de nosotros.

Literatura

Santiago Martín

Tras los pasos de mi padre

Zarko Petan escribe que hay «recuerdos que se incrustan de forma dolorosa en la memoria de la gente; y con los años no puede liberarse de ellos, sino todo lo contrario: cuanto más lejanos, más se aposentan y más frecuentes y más fuertes y más ruidosos son» (...)