LUKE nº 81

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Creación

Mosquetero

Javier Sagarna

Tirador

Hay alguien, un hombre, escondido tras el balcón cerrado. Fuma despacio, recostado sobre la pared, oculta la brasa del cigarrillo en el hueco de su mano. Gafas oscuras, nariz recta. El resto normal, un bulto grande, casi invisible en la penumbra. Espera. Ya casi es la hora. Da otra calada. Mira el reloj. Arroja al suelo la colilla y la pisa. Hay que ir preparándose.

Se agacha y abre un maletín largo, de cuero negro. El rifle lo monta sin prisas, en un momento, con destreza profesional. Se guarda las gafas en el bolsillo para revisar la mira telescópica. Luego lo carga. Seis balas.

Abre el balcón. Las campanas de la iglesia doblan, la ceremonia ha terminado. El rey está a punto de salir.

El hombre se parapeta detrás de las contraventanas, el dedo sobre el gatillo, el cañón del rifle entre dos macetas, invisible desde la calle. El sol que se cuela entre las listas de madera ilumina su uniforme de policía, su placa: Servicio de Operaciones Especiales. El cañón del rifle rastrea las ventanas de los edificios. Todo tranquilo.

Abajo, los gritos de la multitud suben por la calle principal. Se aproximan despacio. Las madres aplauden y los padres encaraman sobre sus hombros a los niños que agitan banderitas nacionales. El rey estrecha manos y besa niños, hay demasiada gente a su alrededor y los guardaespaldas están tensos, agitados.

El hombre del Servicio de Operaciones Especiales, sigue rastreando las ventanas de enfrente. Una gota de sudor cae por su cara. La seca con el hombro, luego con el dorso de la mano. De inmediato devuelve la mano a la culata, el dedo al gatillo.

El alboroto se acerca, discurre ya bajo los pies del hombre y, de pronto, el cañón deja de apuntar a las ventanas. El hombre tiene ahora la cabeza del rey en el punto de mira. Vista a través de la mira telescópica la cabeza del rey es frágil como una sandía, oscila a cada paso, suda, sonríe. El hombre respira hondo, sabe que es imposible fallar. Acaricia el gatillo. Afina la puntería, la cruz justo sobre la sien. Acaricia otra vez el gatillo, lo oprime un poco, nada en realidad. "Pum", dice, y se sonríe.

El rey, abajo, estrecha otra mano. Y entonces, de refilón, una fracción de segundo antes de retirar el rifle, el hombre lo ve. Intuye algo brillante muy cerca de la nuca del rey.

No piensa.

Desplaza un milímetro el cañón del rifle y dispara.

Ya es un héroe.