LUKE nº 81

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Opinión

Rechazo al padre: El ultrafeminismo de Pilar Cernuda

Inés Matute

Dragones de Komodo

No tengo a Pilar Cernuda por tonta, y por eso me sorprende este patinazo literario que la emparenta, en sus planteamientos de supervivencia, con una hembra de lagarto de Komodo. Según un descubrimiento reciente, cuando la participación del macho resulta imposible, la susodicha lagarta adopta la partogénesis como estrategia reproductiva. En el caso de esta autora, el papel del macho a la hora de dar continuidad a la especie no sólo es irrelevante, sino algo implanteable desde el punto de vista de una mujer libre e inteligente. Pilar dirige una agencia de noticias y es una conocida periodista multimedia que siempre consigue ser o parecer ecuánime en sus valoraciones, manteniendo una relación de sabia equidistancia con todas las banderas. Sin embargo, en su libro "Madres solas. Una decisión voluntaria. El testimonio de un nuevo modelo de familia" (La esfera de los libros) no se nos muestra como una madre todoterreno, sino como un ser egoísta y autoritario, alguien que rechaza todo lo que huela a hombre argumentando que quien adopta sin pareja realiza un acto de entrega absoluto, contraponiendo la imagen de la soltera ideal a la de una mujer adosada a un macho inepto y aburrido, orquestador del infierno psicológico en que acaba convirtiéndose toda familia. Cualquiera diría que la dama, hábil en el manejo de la estadística pero torpe con la dialéctica, es víctima de un incurable herpes ideológico. Con semejante planteamiento, nada mejor que borrar al padre de la vida del niño, sin considerar que, al margen de las cabezas de jabalí que el hipotético papá colgaría de las paredes, al margen de su catetismo en lo referente a la educación del niño, su alimentación, su forma de vestir o su manera de entender el ocio, las aportaciones de este patético personaje, gratuito siempre según ella, no sólo convienen al crecimiento y desarrollo del chaval, sino también a esa madre superdotada que juzga al hombre, por el mero hecho de cuestionar su criterio, un perfecto imbécil cuando no una traba al ejercicio de sus libertades.

Cernuda nos vende como un envidiable privilegio la posibilidad de decorar y organizar la casa sin tener que negociar con la pareja; convierte en ventaja el hecho de pasar las vacaciones sola, pues así no se discuten los destinos ni las estrellas del hotel elegido, por no hablar de un día a día en el que el uso del mando a distancia o la elección musical no son fuente de discusión sino de imposición - el niño adoptado no opina, es parte de su idílico decorado vital - dado que las palabras contrastar, compartir o ceder le producen escalofríos. ¿Quién dijo que la convivencia es un ejercicio de mutuas concesiones? ¡Un demente, según parece! La supuesta generosidad que nos pinta Cernuda al hablar de la adopción, o de cómo remodeló el salón para dar cabida a una cuna (¿sabes? Las familias tradicionales, esas que tanta grima te dan, también nos adaptamos a las necesidades de sus nuevos miembros, que a veces llegan a pares) brilla por su ausencia en los párrafos en los que aborda la convivencia, pues el único criterio válido es el suyo propio, incuestionable. Una cierra el libro con la desagradable sensación de haber buceado en las entrañas de una declaración de principios falseada y autocomplaciente- excusatio non pedita...- donde las justificaciones rozan el engaño y el feminismo se confunde con sinrazón, encadenando párrafos tan exquisitos como los siguientes: "soy madre soltera y quiero seguir siéndolo. Pertenezco al grupo de mujeres que, sin haber perdido nunca la soltería, o después de un divorcio, o en la viudedad, quieren tener hijos sin compartir con nadie las responsabilidades de su maternidad. Mujeres que, hablando claro, no quieren vivir con un hombre en casa, aunque eso no signifique que puedan tener pareja o sucesivas parejas, pero sin compartir techo y sin que ellos tomen decisiones"... "mujeres que se reafirman en la idea de que los problemas suelen ser motivo de conflicto en las parejas, y es mejor superarlos imponiendo el criterio propio, sin interferencias".

Sin interferencias. Imponiendo. ¡Ay, señora mía! Ensimismada maternidad la que nos propone: imponer sin interferencias. Imponer desatendiendo las necesidades psicológicas (y la figura paterna es una de ellas) del niño. Cómprese una muñeca, por favor. Su caca no huele y sus pises no dejan cerco. Jamás le truncará un plan de sábado noche con fiebres o vomitonas intempestivas. Jamás le discutirá el color de las sábanas o la última cucharada de lentejas. Nunca hará causa común con ese padre gilipollas que usted le niega. Tampoco alzará las cejas ante el desfile de sus "sucesivas parejas", puesto que usted le habrá enseñado que la dictadura materna es la forma de vida ideal y que los hombres están bien para un revolcón, pero no para aguantarlos en casa y mucho menos para tenerlos en cuenta. Cómprese una muñeca; ahora las hay que incluso lloran y llaman "mamá" a una Narcisa autosuficiente volcada en el diseño de un mundo a su medida.