LUKE nº 91

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Literatura

La casa del poeta

Juan Planas Bennásar

Casa del poeta

Una antología es un lugar concurrido. La definición nos vale aunque nos haga sonreír. O quizá nos valga por eso, porque nos adentra, con una sonrisa expectante, en un lugar de encuentro, en una cohabitación pacífica, en un museo de imágenes, en un caleidoscópico de metáforas con una única visión al fondo, la casa de cada cual o la casa de todos, la casa tomada por el poema, la casa ingrávida que sólo es lenguaje o recuerdos o aluvión de anécdotas o juego surreal de ironías y paradojas.

Todos padecemos -bien que unos más que otros- un desahucio y también un destierro. La casa, pues, es, a veces, el origen y a veces, el destino final. O ambas cosas o ninguna y siempre el lugar de tránsito, de transición, de pensamiento en diferido, de iniciación a la escritura, a la interpretación del mundo y el consiguiente desvelo. La casa es un laberinto repleto de pasillos y espejos, de cuadros y perfumes, de caricias perdidas, de risas espectrales, como de infancia imposible o vejez que se aproxima. La casa es sólo tiempo y palabras. Espacio saturado.

No sé, sin embargo, si realmente hay casas para todos y ni si la casa de todos nos vale a todos por igual. Más bien me da que no. Que cada poeta -y aquí, en La Casa del Poeta, Colección La Noche Polar, Editorial La Bolsa de Pipas, Diciembre de 2007, hay muchos, tantos como 108 poetas, nada menos- se construye su propio universo a su manera y así, de un natural imprevisible, lo habita.

Podríamos, ahora, diseccionar la nómina de los poetas antologados según nuestras fobias y filias personales. Podríamos reírnos o emocionarnos con unos cuantos, permanecer impasibles o incrédulos ante otros, murmurar nuestra idéntica devoción o decepción hacia bastantes. No sería justo tanto subjetivismo ni honesta tanta disección. Antonio Manilla y Román Piña han conseguido convocar un elenco tan numeroso que las luces y sombras se equilibran, se entremezclan en el claroscuro elemental y necesario de cualquier creación, en la dignidad compartida de un hecho poético indiscutible. La Casa del Poeta no sólo está bien habitada. También está hermosamente construida, con puertas de tapa dura y paredes blancas y gruesas y suaves. Una admirable mansión con vistas inabarcables, un oasis en mitad de todas partes.

Acabo no sin antes desearle a otra casa, la de Vicente Aleixandre, un destino similar, en lo poético, al de ésta que hoy nos ocupa. Mientras la casa de Vicente Aleixandre se debate entre la demolición y la especulación -como el legado de sus archivos entre las sombras y vacilaciones del que fuera en vida su gran amigo, Carlos Bousoño, y la actual aparición de sus también legítimos herederos- la Comisión de Amigos de Vicente Aleixandre lleva años intentando, infructuosamente, que Patrimonio salve la vieja Velintonia 3, y la rescate del vacío y la reconvierta en lo que siempre fue, la casa de la poesía, la del encuentro entre poetas alrededor de la palabra y su llama. Como se trata de conjugar intereses del todo contrapuestos -prosaicos y económicos los unos, sentimentales y de creación cultural los otros- sólo cabe esperar que la Administración acierte con las fórmulas necesarias para contentar si no a todos, sí a la memoria del Premio Nobel, al que tan buen partido y pecho le sacaron entonces, en 1977, los propagandistas de la, todavía -entonces y no sé si también ahora- en obras, democracia española. Ese impagable servicio se le debe aún a Aleixandre.

La Antología La Casa del Poeta es también un pretexto y una hermosa metáfora de cómo salvaguardar la poesía tanto de la especulación inmobiliaria como de la corrupción ideológica. Todo un feliz hallazgo.