Literatura

Paseos desde Praga

elena buixaderas

Ayer
por primera vez el cansancio cernía
hasta el blanco
el aspecto final
de tu cabeza
(Viola Fischerová)

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Vias

Paseo como casi todos los días, desde el comedor hasta el Instituto, con unos compañeros de trabajo. La primavera inunda el aire y después de comer uno se siente reticente a regresar al despacho a encerrarse junto a un ordenador. Desde lo lejos veo acercarse a Vladimir; hacía varios meses que no lo me lo cruzaba. Alto y elegante, como siempre, lleva unas gafas de sol ultramodernas propias de un adolescente y un traje de corte impecable. Tiene más de setenta años y no puede librarse de ese aire juvenil. Cuando pasa cerca me doy cuenta de su pelo se ha vuelto súbitamente blanco. Después una compañera me revela que desde hace medio año lucha con un cáncer de hígado implacable. Demasiado tarde para operar. En mi mente se agolpan todos los tacos que tengo aprendidos y otros que improviso. Y más tarde la pregunta: ¿Cuánto tiempo estará todavía entre nosotros? Nosotros significas los vivos, los que seguimos envejeciendo en cada aliento. Porque sólo una cosa es cierta: o envejecemos, o morimos. Llevamos la muerte a nuestro lado acechándonos desde nuestro nacimiento; aunque la mayoría del tiempo la ignoramos y vivimos como si la vida fuese eterna, o estuviese garantizada. Damos por supuesto que vivimos, que seguimos respirando, que mañana también estaremos aquí. La vida es arrolladora, devora el tiempo sin preguntarse sobre ello... Y sin embargo cada día la muerte desfila por los telediarios, por las películas, por las estadísticas, pasa por nuestro costado sin tocarnos y la observamos como turistas accidentales, con una extrañeza que nos resguarda de nuestra incapacidad para comprenderla. Nadie puede imaginar su no existencia, porque si imaginamos existimos y el conflicto por comprender que un día dejaremos de ser nos arroja al vértigo, a un torbellino del que salimos despavoridos para evitar el sin sentido. Pero nuestra mortalidad condiciona todos nuestros actos y pensamientos sin que nos demos cuenta. Tal vez por ello buscamos la inmortalidad como Aquiles, algunos con palabras, otros con hazañas, Vladimir con su trabajo científico, sus artículos, sus libros. ¿Cuánto tiempo estará aún aquí? ¿Cuántas veces más me lo cruzaré por los pasillos o yendo a comer? ¿Cuántas veces más hablaré con él? Siempre reprochándome el estar aquí tan lejos de mi familia... Todo fluye, se transforma con el tiempo: los árboles, los edificios, la ciudad, nosotros. El tiempo no se detiene más que en nuestro pensamiento. Tal vez en eso consista la muerte, en volverse por fin poderoso como un dios y lograr detener el tiempo.