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Lectura de Lapido

pedro r. tellería

José Ignacio Lapido

Desde que se convirtió en algo más que música de baile, el rock ha encontrado en el fracaso de los ideales y las ilusiones rotas un tema clásico. Sin embargo, son pocos los artistas españoles que han sabido dotar al asunto de toda la literatura posible para convertir esas canciones en casi poemas. Hace pocas fechas hablaba de Nacho Vegas, uno de los grandes dentro del panorama nacional. Esta vez le toca el turno a José Ignacio Lapido.

La trayectoria del cantante y compositor granadino es conocida por los buenos aficionados. Junto a su hermano Javier y otros ilustres formó 091 (los Cero), una de las bandas más sólidas, queridas y añoradas del rock en castellano del siglo XX. Su poderío en escena, un buen quehacer compositivo y la insuperable maestría de sus letras hicieron inolvidables para una minoría su visión pesimista y lírica, su romanticismo no exento de ironía, rasgos que con su desaparición en 1996 dejaron una hueco difícil de llenar.

Tras la disolución de 091, José Ignacio Lapido emprendió carrera en solitario. A finales de 2005 ha salido a la luz su cuarta entrega, En otro tiempo, en otro lugar, donde profundiza en su universo con más rabia y acierto -si caben- que en trabajos anteriores. Aquí el rock de Lapido es más equilibrado. La mayor presencia de coros y teclados, y la voz por momentos inerme y desamparada del granadino suavizan y hacen clásico el sonido.

El título resume la visión del artista: esta realidad (léanse este país, o este mundo, o este Occidente, o esta música) no es recomendable para proyectos que tengan los altos ideales (sean los que sean) como ingrediente principal. Todo, de antemano, está condenado al fracaso.

Este pesimismo realista está presente desde el comienzo del disco. ¿Cabe más rotunda declaración de principios que en la amarga Escrito en la ley? Las sucesivas visiones del artista muestran un paisaje desolado, un apocalipsis simbolista de lectura abierta. Mientras se escucha, vale lo mismo pensar en el naufragio de una sociedad herida de muerte que en una historia personal lastrada por el desaliento.

Este acatamiento de la realidad da paso a un desgarrado aviso a navegantes. En el segundo tema, la voz se dirige a un tú para dibujar con colores crudos aquello a lo que se enfrenta: "Te dejarán que grites para que pierdas la voz / que pidas imposibles y que recojas las migajas. Te harán creer que así es la vida / no digas que no te avisé". Encrucijadas generacionales o erradas opciones de vida confluyen en la imaginación del público hasta que desde el recuerdo aflora una experiencia que da sentido personal a la canción.

Lapido reserva para el tercer tema su primera mirada hacia el pasado. Éste, rompiendo el tópico, no es mejor que el presente. Con la confesión desgarrada del principio ("Pasé mis mejores años cavando las trincheras / ondeando la bandera de la confusión") se abre la mirada a un pasado donde los recuerdos no embellecen un tiempo que transcurrió "bebiendo en vaso largo, fría, la desilusión". La apelación al tú y el paso al nosotros en el estribillo ("Contándonos bellas mentiras") desdoblan la historia. ¿La misma voz que habla, o un fallido compañero de viaje? Como un reproche lanzado al viento con unas gotas de rencor, las bellas mentiras son "esas que nunca se olvidan".

En el cuarto tema la banda se toma un descanso. Desea interpretar una balada sensible. Humo en el ambiente y luz roja sobre el micro. La hermosa introducción al piano da paso a un intenso dúo entre pianista y cantante, en el que éste nos desvela su identidad. En los primeros temas ha trazado las coordenadas del viaje como ahora, sentado sobre una banqueta, se quita las gafas de sol y nos mira. La acumulación de metáforas nos pone sobre la pista, hasta llegar a esta autodefinición que lleva la firma de la casa: "Llevo siglos siendo equilibrista / aunque quise ser domador". Mecidos por el ritmo ternario de la canción, posamos una mano en el hombro y otra en la cintura de nuestra pareja y danzamos escuchando al cantante reconocerse como un "perro que esconde su hueso", un "reo con los ojos vendados", un "corazón que late agitado". Solos en medio de la pista, el bar vacío, las persianas bajadas, los músicos tocan el último acorde justo cuando ella cierra los ojos para besarnos.

Pero regresemos a la realidad. La velocidad irrumpe a golpe de caja y timbal en "La antesala del dolor". En ella, el sueño es el refugio ante la confusión de un mundo tan delirante que hasta "El Pensador de Rodin se ha levantado harto de no hallar respuestas". Queda el consuelo de mirar a cielos poblados de falsas estrellas, drogas del espíritu para tiempos en crisis. Un alivio pasajero antes de regresar a la realidad.

Esa realidad reaparece con todo su peso en la canción que da título al álbum. Hay algo invisible que nos persigue, una ley dictada con voz cruel para quienes ven el mundo con ojos distintos. La condena es esta vida en la que, a vueltas con la identidad, lo más doloroso quizá sea tener que convivir con uno mismo. Con resignación y cansancio nos dice el cantante: "Mientras Saturno devora a sus hijos / Lapido escribe canción / que habla de flores y alambres de espino / de olvidos y de superstición".

Pero ¿no dijo alguien que el rock era, ante todo, jamás desfallecer? Pues entonces sube el volumen porque el alto voltaje regresa en el séptimo corte. Un riff potente por el canal izquierdo. Un bajo. Una batería y... ¡ACCIÓN! Aunque todo vaya mal y los chantajes se cometan con total desfachatez, aunque la batalla esté perdida de antemano, mejor volver a quemarlo todo. Invirtamos de nuevo el código, y quizá así sea más hermosa la derrota: "Vamos a intentar el más difícil todavía / Vamos a cambiar las reglas de la realidad / Vamos a curar heridas con gasolina / Y al olvidar, a olvidar, a olvidar... ¡Agua!".

Tras el sudor regresan siempre los recuerdos porque las sombras despiertan con la noche. Llega el momento más íntimo del disco. Hacia atrás, una visión del mundo. En los dos temas siguientes, reflexiones desde el recuerdo camino de la canción. Para empezar, un tema tranquilo. Intro de piano y steel guitar. Primera estrofa que puede resumir con honrado lirismo una vida: "Fotos de un día de verano de 1962 / Juguetes de cuerda oxidados que alguien guardó / Sonrisas en gotas de ambar / Belleza desnuda en un acorde menor / Mañanas que apuntan sus armas al sol". El cantante admite su condición humana, su claroscuro, el sabor ambiguo de sus deseos. Cuando la noche golpea el corazón es una canción de madurez; es sensible y tierna, es mágica.

El cantante desnuda En rincones secretos su doble condición de hombre y artista. Tras mirar al pasado y haber fijado una identidad en Cuando..., ahora nos confiesa su paso vacilante ("En mi maleta no caben más dudas") y la extrema materia de la que surge su arte: "En cada lamento que se hace canción / hay versos que sangran / los encontré en los rincones secretos del alma".

Agridulce parece fotografiar un instante y un sentimiento, un momento del día que todo ser humano ha vivido. La canción se disfruta mucho más si se escucha, precisamente, en ese momento y con esa predisposición. Entonces, mirar por la ventana mientras canta Lapido nos lleva a tararear el estribillo como si fuera nuestro.

Por sus heridas nos sumerge en la única historia de desamor -propiamente dicha- del disco. Alguien recuerda "la última vez que la vi". De nuevo intimismo en los teclados y en el ritmo refrenado y maduro de la batería. Una pregunta: ¿de verdad están las heridas cerradas?

Desamor, rebeldía, fracaso, recuerdos, promesas rotas, errores de principiante... ¿Desistimos? ¿Tiramos la toalla? ¿Abandonamos ahora que todo...? De espaldas a la realidad despeja las dudas. Lapido cede el tú al nosotros y compone una canción que sabe al viejo repertorio de 091. El pesimismo oscuro cede ante el optimismo irónico, a esa forma de mirar sabiendo de antemano el precio de la lucidez, pero también la satisfacción del que corre porque ha decido correr. Es la reafirmación irónica del perdedor optimista que dice: "Fuimos [...] niños que en el patio pedíamos a gritos / nuestra buena dosis de relatividad". Y concluye: "Eternos aspirantes a ganar por k.o. / adictos a las puestas de sol. Nos puedes ver sentados sin pestañear / de espaldas a la realidad". Hermoso, vivo, romántico colofón esperanzado, con un estribillo radiante y unas guitarras que hacen soñar si no con el futuro, al menos con una identidad que, a pesar de las dudas, se abre paso con tesón.

Es el fin del disco. En 1995, hace once años, 091 grabó su último trabajo de estudio (Todo lo que vendrá después). En la canción que lo abría, y tras una tronante guitarra punk, José Antonio García describía escenas apocalípticas entretejiendo con un pulso literario inigualable costumbrismo e imágenes visionarias. El estribillo aseguraba: "Sigue estando dios de nuestro lado".

Hace pocas fechas Lapido decía en el último número de Rockdelux lo siguiente: "Soy escritor profesional. Escribo por dinero artículos de prensa, guiones televisivos... Los discos los hago para arruinarme". Ahora su rock es quizá más clásico, menos agresivo que con 091. Ignoro si vende más o menos que entonces. Pero que sepa José Ignacio Lapido que, a pesar de los caprichos del destino, quienes jamás le han dejado de lado son las musas del rock. Sus seguidores lo sabemos perfectamente, y mostramos nuestro agradecimiento comprando discos tan magistrales como éste.

José Ignacio Lapido ha publicado En otro tiempo, en otro lugar (2005) en la discográfica Pentatonia Records (pentatonia@wanadoo.es).