LITERATURA: Luna del Este - "Regreso al Lago del Oeste" javier martín ríos

Hace cinco años que el viajero se despidió por última vez del Lago del Oeste y desde entonces sabía que tarde o temprano regresaría a inmiscuirse en tan precioso paisaje. Hoy has llegado a Hangzhou acompañado de la lluvia de estío y la nostalgia del ayer. La impresión de hallarte frente al lago fue la misma que aquella primera vez que visitaste Hangzhou a finales del siglo pasado: anonadamiento, mudez, desconcierto.

En la tierra hay lugares que se visitan una sola vez y después nunca se olvidan: uno de ellos es el Lago del Oeste. Hace ya un tiempo que el viajero decidió pasar un año de su vida a las orillas de esa ciudad que dejó maravillado a Marco Polo en sus viajes por el extenso imperio del Gran Khan. De todos los recuerdos que conserva de aquella época de largas soledades, la presencia del agua siempre fluye en la memoria. Aquí, a menudo, solía venirse a solas para disiparse en los elementos de la naturaleza a través de la contemplación de las cosas y así dejaba pasar las horas hasta la llegada de la noche. Cuando el sol alumbraba ocasionalmente Hangzhou, una ciudad cautiva casi siempre por la lluvia, nunca faltaba a la cita con la puesta del sol tras las verdes montañas del este. Entonces los ojos del paseante se difuminaban en el paisaje y al mismo tiempo sentía que el fuego del astro solar se iba apagando en el interior de sus venas. El momento supremo llegaba cuando la luz menguante del crepúsculo se iba extinguiendo a la par que las primeras estrellas comenzaban a palpitar en el firmamento.

Hoy, en cambio, la lluvia cae sin cesar sobre las aguas del Lago del Oeste. En verano, por influencia de los monzones, a veces la lluvia se precipita con fuerza sobre Hangzhou, como esta mañana gris, cuando contemplabas el paisaje desde un pabellón en el dique Su, nombre en honor al famoso poeta Su Dongbo, que llegó a ser alto funcionario de esta ciudad en tiempos de la dinastía Song, de la que dejó testimonio en inolvidables poemas. Desde allí el viajero ha dejado su mirada perderse en la lejanía, en las barcas bogando que iban y venían de las islas, en el vuelo de alguna que otra gaviota extraviada en medio de la tormenta, en los rascacielos que se levantan en la otra ribera como un espejismo futurista surgido de una pintura antigua.

Cuando ha cesado la lluvia, el viajero ha seguido su lento deambular circundando el Lago del Oeste. Cada rincón le parecía próximo, amigo, mil veces soñado, como si nunca hubieran pasado cinco años desde que se despidió por última vez de esta ciudad. Mañana retornará en tren a Shanghai para refugiarse de nuevo en el corazón del bosque de cristal, pero sabiendo que pronto volverá a inmiscuirse en este maravilloso y ya legendario paisaje. Porque hay lugares que se visitan una sola vez en la vida y nunca se olvidan. El Lago del Oeste es uno de esos sitios de los que nunca te vas aunque tu cuerpo se encuentre separado de allí a miles de kilómetros de distancia.



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