LITERATURA: Entrevista a - "Javier Legorburu. Escritor" inés matute

Javier Legorburu es poeta y narrador. Hijo de extremeña y vasco, nació en Madrid en 1964. Reside en Palma de Mallorca y trabaja como funcionario en la rama de Turismo, además de colaborar con El Mundo- El día de Baleares con sus siempre controvertidas columnas de opinión. Como poeta, es autor de “Retales íntimos y la nave del azul” y “Besos perdidos”. Sus novelas están escritas en forma de diario y son experiencias personales convertidas en relatos; sus títulos son: “Oboes del alma” (2001) y “Milenio en flor” (año 2003). “Caribbean Blue” es una novela cruda y auténtica sobre la realidad cubana, una novela polémica capaz de tensar los nervios del lector.

“Hay viajes que buscan una realidad que, aunque exótica, ya existe pero necesita ser auscultada. Por ejemplo, el de Javier Legorburu. De isla a isla. De Mallorca a la lejana Cuba. Así su última entrega diarística –“Caríbbean Blue”, Instituto de Estudios Modernistas, Valencia, 2005- se divide en dos partes; la primera, evoca su ajetreada estancia en la isla tropical, sus impresiones subjetivas, sus críticas incendiarias a Fidel Castro, sus aventuras distorsionadas y siempre fallidas entre prostitutas, pícaros y nenúfares, su viaje, en fin, arruinado tal vez por las propias obsesiones; la segunda, recrea la Mallorca cotidiana del autor, sus minucias, su peculiar baile entre confesiones que a veces nos hacen ruborizar y a veces sonreír. Un editor rechazó el libro calificándolo, si mal no recuerdo, de indecente e inmoral, entre otras lindezas. Yo no diría tanto. O sí, porque no le hacen daño al libro y hasta le añaden morbo”

¿Qué opinas de esta presentación?

Creo que es una presentación lírica propia de un gran poeta como Juan Planas; estoy de acuerdo con ella, salvo en una cosa: no creo que mi viaje se arruinara por mis obsesiones, puesto que las experiencias que tuve fueron objetivamente malas. Admito, no obstante, que mi sensibilidad y pesimismo las agravaron. En cuanto a la calificación de inmoral, decir no más que fue hecha por un sectario izquierdista que no distinguía entre Literatura e ideario.

Leyendo el libro, una tiene la sensación de que en Cuba, entre pícaros, jineteras y pequeños estafadores, fuiste despojado hasta del último dólar. Así las cosas, no debes tener muy buen recuerdo del viaje....

Cuando llegué de Cuba estaba muy pasmado y muy herido. Me habían estafado 50 dólares el primer día de paseo por el Malecón y a partir de ahí entablaría una batalla contra el acoso; persecución no violenta pero sí muy molesta que tenía como fin, efectivamente, que soltara toda la plata. La plasmación de los recuerdos en el libro me sirvió para curarme en un par de meses del dolor acumulado y meditar una lección para la vida: no dejarme manipular más, dar con libertad, recibir con amor... en el trópico y en el Mediterráneo. El balance es, pues, muy positivo.

La historia de este viaje tiene un comienzo fascinante. ¿Puedes explicársela a nuestros lectores?

Recibí un mensaje electrónico de un fulano desconocido. Me comentó que no había podido abrir el archivo (¿?). Le contesté extrañado que yo no le había escrito y me di a conocer sucintamente: “Me llamo Javier Legorburu y soy un escritor de Palma de Mallorca. ¿Quién eres tú?”. El replicó: “Yo soy mengano de tal y, ¡coño, compay, también soy escritor, y también vivo en una isla, aunque más grande que la tuya: Cuba”! En ese instante, iniciamos una amistad cibernética; si bien había un interés por su parte que no advertí a la primera: yo, para él, constituía el eslabón que lo conectaba a un editor español que se suponía tenía que hacerle rico. Mi pobre amigo me invitó a su casa de La Habana con la esperanza de que le ayudara a reemplazar, textualmente, a García Márquez, a construirse un rancho en Australia, a que, dada su contribución monetaria al estado, lo recibiera su dios Fidel y a hacerse, en fin, tan famoso que hasta el mismísimo Rey de España (así le llaman allí a Don Juan Carlos) le invitase a cenar.

¿Cómo acabó tu relación con él?

Acabó mal, porque pude ayudarle a poner comas y acentos, de lo que el hombre no tenía la menor idea, pero era imposible seguirlo en un sueño al que no tenía ningún derecho. Él lo interpretó como que no quería que triunfase, como si estuviese celoso de su inexistente talento, lo cual introdujo un punto insoslayable de “mal rollo”. De todos modos, no corté la comunicación con él por esas gotas de resentimiento, sino porque no me ofrecía nada, salvo una ansiosa e insoportable lástima. Todavía hoy sigue viviendo de los ingresos extras de su mujer y escribiendo novelas de corte “realista-mágico”, creyendo que va a adquirir con ellas una fortuna de fábula.

En el libro reflejas un aspecto de la realidad que no deja de ser chocante: Los cubanos son pobres pero terriblemente consumistas, y entre los habaneros, la ostentación es algo habitual. ¿Es esto cierto?

Así es: traje blanco de lino, pecho canela enseñando oro, un Rolex en la muñeca y el mejor radiocasete de las Antillas para, vacilón, montarse una guaracha. Eso está muy bien, comay, si se lo compra uno... con su dinero. Pero el que tiene esas cosas, Inés, y las tienen relativamente muchos, sólo puede ser por 4 razones: a) es un hijo de un alto miembro del Partido Comunista, b) se prostituye con gente adinerada, c) tiene un pariente en Miami que le envía pasta regularmente d) roba.

Con tu permiso, vamos a entrar en aguas turbias. Creo entender, tras haber leído el libro detenidamente, que la política en Cuba es algo comparable al funcionamiento de un presidio dirigido por un demente con rango de Dios tropical, que es admirado por una progresía y una farándula ignorantes, que no dudan en culpar a EEUU de la pobreza y de todos los males que acechan a los cubanos... ¿es esa la idea?

Exactamente esa es la descripción. Los progres y comediantes —gente vacua con soflamas fijas y pueriles- no pueden aceptar un hecho aplastante: el comunismo, además de quitarte la libertad, te quita la barriga... ¡por el hambre que pasas!. Ahí está la Unión Soviética, que no cayó por el Papa polaco como dicen sus devotos, sino porque el sistema no se sostenía. Ahí está China practicando el capitalismo más salvaje visto jamás en todo el siglo XX. Ahí está Vietnam suspirando por abrirse a Occidente. Se ha verificado materialmente que el comunismo es un fracaso rotundo; sin embargo, los burguesillos vacuos de la izquierda europea, en la que destacan los ignorantes españoles, no quieren crecer, no quieren dejar de jugar a ser peterpanes rojos. No existe ningún bloqueo a Cuba desde Octubre de 1.962, cuando, en la crisis de los mísiles, el loco engreído y resentido de Fidel solicitó a los soviéticos que atacasen a los EE UU con bombas nucleares. Lo único que rige es un embargo comercial, que prohíbe a las empresas norteamericanas comerciar con Cuba; pero ésta puede hacerlo con todos los estados restantes del mundo, con todos. En los bares cubanos verás Coca-Cola, que les llega de México, y miles de turistas estadounidenses, que arriban de República Dominicana. También verás cadenas hoteleras mallorquinas y empresas inmobiliarias con muchas ganas de invertir. Incluso hasta hace muy poco la plata de los cubanos de Miami entraba ilimitadamente vía giro postal de la West Union; escúchalo bien: i-li-mi-ta-da-men-te; una largueza increíble por parte del “Enemigo”, ¿no te parece? El problema de Cuba no es el embargo yanqui, antes bien la incapacidad del comunismo por multiplicar riqueza. Y nota que ese estado ha sido un auténtico privilegiado de la ayuda internacional: hasta 1.989 fue subvencionado a espuertas por la Unión Soviética; después, lo hicimos nosotros y la Unión Europea, y a esto hay que añadir hoy la sustanciosa ayuda del caudillo Chávez —el mequetrefe bolivariano— con el petróleo de Venezuela.

Hace un mes, Vidal Folch comentaba en El Cultural que Cuba es la prueba del algodón del tartufismo intelectual español: Los turistas “del ideal” son los tribunos de la prensa, los pensadores y los políticos que de día hacen turismo por los grandes ideales revolucionarios y por la noche se calzan las pantuflas y se zampan una hamburguesa de Mac Donalds. ¿Se equivoca?

No, en absoluto, atina al cien por cien; pero él habla de turismo revolucionario en un sentido metafórico y yo te voy a explicar gráficamente en qué consiste el real: se trata de repartir dólares entre un corro de cucos aduladores que se te echan a los brazos, te llaman hermano con acento quedón y vitorean a Cuba y España, la madre patria (siempre se acuerdan de la progenitora, a todos los niveles, oficial y privado, cuando hay guita de por medio). Después de invitarles a cenar en un restaurante caro y disfrutar de unos buenos culos en una famosa sala de fiestas, una compañera mulata y fidelista, y con muy buena y preceptiva bemba, te llevará a su casa para hacerte una mamada inolvidable. (Te llevará a su ruina de hogar porque está prohibido que un cubano suba a la habitación de un hotel). Si eres homosexual, probarás qué se siente al ser penetrado por un negro inmenso. Y toda esta experiencia revolucionaria se regará con Havana Club, 12 years old, el mejor ron del Caribe, o sea, del mundo y se aromatizará con un Cohíba o un Montecristo, que son también muestras del mejor tabaco del planeta. De vuelta en España, se impone hacer declaraciones en el sentido de que Cuba es el país más justo y libre que ha conocido uno y que los yanquis son unos canallas que castigan a esa dignísima isla con el bloqueo de la miseria, o incluso, ya en el esperpento, gritar eslóganes pasadísimos como “¡Socialismo o Muerte!” o “¡Hasta la Victoria, siempre!”, tal y como acaba de hacer en Madrid el vividor y multimillonario Maradona, otro dios de pacotilla. Finalmente, los que se tengan por “enrollados” pasarán a los amigos las direcciones y números de teléfono de la compañera mamona y del negro follador, a los que, como mínimo, hubo que hacer unos regalos tan inolvidables como lo fueron sus servicios.

¿Volverás a Cuba?

Volveré porque tengo cuentas religiosas pendientes; pero ha de llover mucho hasta entonces, pues Fidel no es hombre que lleve bien las críticas...

Siendo español, y habiendo pertenecido al Opus Dei, profesas una religión afrocubana. Háblanos de tu peculiar peregrinaje espiritual.

Mi experiencia en el Opus daría para un libro entero. Muy resumidamente te diré que fui un numerario; esto significa que tenía que vivir una castidad plena —física y mental— además de mortificarme corporalmente. Lo hice mientras estuve allí —un santo en ciernes—; pero, como contrapartida, perdí la escasa fe que tenía en el catolicismo. Tras un tiempo de agnosticismo, renací a la espiritualidad cuando descubrí la verdad de la reencarnación que enseñan las religiones indostánicas; si bien no me sentí atraído por la mitología hindú, ni, por supuesto, con la concepción social de las castas. Aprecié valores en el budismo, pero su huida del dolor también implicaba un abandono del placer; algo inaceptable para un ser sensual, terrenal y salsero como yo. Mágicamente, me sentí ligado luego a una diosa hasta entonces ignota: Yemayá, cuyo culto es de origen nigeriano, muy querida por muchísimos cubanos, tal que la colega Zoé Valdés sin ir más lejos. Justo cuando iba a salir para La Habana comprendí que mis deidades africanas me ordenaban que fuese a verlas al pueblo de Regla... y obedecí. Mi amigo, el que iba a sustituir a García Márquez, fue en este sentido usado por mis dioses... como él me usó a mí.

Entremos en la segunda parte del libro, tus andanzas en Mallorca. ¿Por qué te gusta tanto el género confesional, por qué escribes diarios?

Por la necesidad de comunicarme, que no es lo mismo que la soledad que cargo a la espalda, pues estoy convencido de que, cuando encuentre el amor, compartiré con mis lectores parte de mi felicidad.

Como hombre, parece que luchas entre la necesidad de vivir historias intensas y el temor al sufrimiento, disyuntiva que en demasiadas ocasiones te aboca a la soledad. Está claro que prefieres una retirada a tiempo a una complicación afectiva, ¿no?

Hoy, definitivamente sí, pero después de haber tenido dos esposas, dos compañeras de piso y 16 relaciones más o menos amorosas. Fíjate, Inés, que te hablo de amor; a los pocos polvos rastreros que pegué en la hostelería no los cuento. Hoy me retiro, en efecto, antes de embarcarme en otra amarga decepción o de poder dañar a una mujer, cosa a la que temo tanto, o más, como a mi propio sufrimiento. Actualmente no sé nada de sexo, a la espera de encontrar a mi media naranja o lo que Román Piña llama el “amor perfecto”, en el que, obviamente, no cree. No obstante, hace tanto tiempo que no mojo, que me encantaría pasar una noche con una vieja presentable que no pudiera complicarme en exceso ni a la que pudiera complicar..., sí, con una señora madura que sea guapilla de cara, no excesivamente tonta, con buen corazón, con la piel fina, que no fume ni beba, ni tenga voz de barriobajera ni ademanes de macho ni... En fin..., que hasta para una noche de descarga seminal y ternura carnal, ahora que me oigo, exijo mucho; o sea, que me temo... seguiré a dos velas.

¿Qué valoración harías del interés literario y comercial de “Caribbean Blue”?

El libro no resulta tan comercial como una novela de intriga tipo el Código da Vinci, pero sí más que un diario intimista cualquiera, toda vez que versa, mayormente, sobre un lugar que está de moda. Como valor literario, no es una obra maestra, pero está bien escrita y se lee de corrido.

¿Tienes algo que añadir, algunas palabras a tu editor o a tus posibles lectores?

A mi editor, el nicaragüense Ricardo Llopesa, que el Cielo lo bendiga..., y lo hará, mi comay, lo hará. A mi posibles lectores, que Caríbbean Blue es una obra original, un tanto pasional, pero llena de humanidad. A los adoradores del Barbas, no hará falta que les advierta, pero lo hago una vez más, que no reflejo en mi libro ningún respeto por ese tirano impostor.



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