OPINION: "El Telón" enrique gutiérrez ordorika

Milan Kundera es uno de esos autores que suenan casi todos los años para el Nóbel y, finalmente, terminan desapareciendo sin recibirlo aunque lo hayan merecido. Un escritor al que todo el mundo considera checo, nació en Brno, menos algunos checos que lo consideran Francés, por el lugar en el que reside desde 1975 y figura en su pasaporte. Ha escrito sus libros en esas dos lenguas, pero su verdadero país –como él reitera a menudo- es otro. Su única ciudadanía es la de la Literatura. Ese misterioso país sin formas de gobierno definidas, ni claras fronteras entre lo real y lo imaginario, donde las opiniones y las peripecias de personajes de ficción, como Pantagruel, Robinson o Gulliver, son más importantes que las de sus creadores.

Creadores que, como el propio Kundera, conciben el territorio de la novela como un lugar de descubrimiento de la propia existencia. Un territorio de perpetuo asombro en el que al final de la lectura la conclusión comienza siempre con un inagotable: “La vida está en otra parte”.

Tras siete largos años de espera, Milan Kundera ha vuelto recientemente a las librerías con un libro de ensayos que recorre el mismo universo literario que el propio Kundera frecuentó en El Arte de la Novela o en Los Testamentos Traicionados, y que no es otro que el testimonio de ese país en el que habita. Un libro de fragmentos y variaciones, agrupadas en siete partes que, al igual que las notas musicales, constituyen una cifra recurrente en el autor de El libro de la risa y el olvido, una especie de logaritmo personal que a él le sirve para intentar abrir la puerta del papel en blanco que lleva al alma de las cosas.

El libro se titula el Telón y su título, aunque también hace referencia a los telones rasgados de lo trágico y la preinterpretación, tiene sobre todo un aire de final, un aire de escenificación de último paseo, no de testamento pero sí de regreso y despedida.Y quizás por eso mismo, porque la despedida del mundo de Kundera no puede ser otra que la de la novela, Kundera regresa hasta el origen de la prosa y, -caprichos de la casualidad- en este año de retóricos aniversarios y académicas conmemoraciones cervantinas, escribe, en apenas un par de páginas, un verdadero homenaje a ese caballero de la triste figura que nació con la intención de constituirse en sarcástico epílogo de una decadente épica de caballerías y, sin proponérselo, inauguró la novela, o, como diría Kundera, el arte de una belleza hasta entonces menospreciada; el arte de los sentimientos modestos y los personajes que no piden que se les admire. Personajes que, sin ocultar sus innumerables defectos, tienen el inmenso valor de poseer una existencia tan irónicamente contradictoria, corporal, concreta y cotidiana como la nuestra.

Don Quijote –señala Kundera- es un derrotado. No tiene grandeza alguna. Y eso mismo es lo que precisamente hace “que, de golpe, todo quede claro: la vida humana como tal es una derrota”. Una irremediable derrota llamada vida ante la que según Kundera la única razón de ser del arte de la novela es ayudarnos en lo único que nos queda, intentar comprenderla. Se cierra el Telón. Una obra termina hoy y otra comienza mañana.


Milan Kundera


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