LITERATURA: Bestiario - josé morella

Un meteoro es un fenómeno luminoso que se produce por la entrada de un cuerpo sólido en la atmósfera, que se destruye al rozarse con ella. Hay meteoros ardientes, conocidos como bolas de fuego. También están los llamados bólidos, que explotan con un sonido como el de un trueno. Otros, más débiles, se llaman estrellas fugaces, y cuando se dan en grandes cantidades se conocen como lluvias de meteoros. Cuando no se deshacen en la atmósfera y alcanzan la superficie terrestre se llaman meteoritos. De todos estos tipos de piedras del universo tenemos, a discreción, en la recién editada maravilla (una reedición, en realidad, de textos que vieron la luz por primera vez en edición francesa, en 1962, y que en 1965 publicó la revista Cuadernos Hispanoamericanos) en que la editorial Calambur recoge los fragmentos de roca espacial de Carlos Edmundo de Ory: Los aerolitos. Se trata de una serie de sentencias breves, epigramas, frases poéticas, máximas o aforismos. De hecho, el nombre que se le dan a estas piezas, a estos botones o yemas de la lengua, no es en absoluto arbitrario. Definirlos es definir el conjunto, y por eso el autor se ha cuidado de darle a su libro semejante título, que es al mismo tiempo que título una denominación para el género. Si bien el diccionario distingue los aerolitos de otros fenómenos (el aerolito es un fragmento de bólido que cae en la tierra, es decir, un sólido, y otros fenómenos son simplemente visuales, como el meteoro o la estrella fugaz), el lector avisado sabrá ver que los aerolitos se refieren más bien a todo aquel concentrado de poesía que aparece en el universo del que lee, de forma breve e intensa, como un flash o un fogonazo, y que produce en él efectos diferentes. A veces, por ejemplo, brilla en el espacio del intelecto y se deshace suavemente como una estrella fugaz, como este: Las pompas de jabón no cogen polvo. O este otro: Las pestañas salinas de los que lloran mucho. Otras veces inspiran cúmulos de pensamientos en el lector, formándose inesperadas y cálidas lluvias de estrellas: Los ojos son las manos del cerebro. Las manos son los ojos del corazón. O este: Di algo que no sepas decir. También aparecen algunos más políticos, que dejan su rastro de luz en el intelecto culpable y nos hacen posicionarnos ante el mundo: En la Biblia no hay patatas ni tomates ni chocolate. Luego están los iconoclastas, que nos hacen pensar en la poesía misma, en las palabras como finalidades en sí mismas, no como utensilios: Me extraña la palabra amor en el verbo amordazar. Nos encantan los humorísticos: Conversación entre dos locos: -Yo estoy más loco que tú. -Pues yo estoy más loco que yo. Y, finalmente, están los verdaderos aerolitos, aquellos que caen en nuestro campo de visión, de modo que podemos alargarnos a recogerlos. Son pedazos enteros, calientes fragmentos de bólido que queman, en el suelo. Nos acercamos, los miramos un rato, los dejamos enfriar, los cogemos con cuidado, los examinamos. Ojalá fuera una fruta o un hongo, pensamos, así nos lo comeríamos y disfrutaríamos del sabor del espacio exterior. Pero luego nos percatamos de que es mejor así, porque si nos lo comemos se acabaría, con ese sabor, el placer. Ese trozo de piedra (preciosa) se quedará en nuestra memoria y le daremos vueltas y vueltas para descifrarlo como un antiguo alquimista. Por supuesto, cada lector llenará sus bolsillos con diferentes aerolitos, es decir, recordará unas frases y olvidará otras. Dejamos aquí uno, el nuestro:

Las calles de la vida / las avenidas de la muerte.

Es curioso que un lapidario sea el nombre que recibían en la edad media los antiguos libros que recogían las virtudes mágicas de las piedras preciosas, y al mismo tiempo esa palabra se refiera al estilo típico de las inscripciones en las lápidas de los muertos. Es así porque los griegos antiguos usaban estos epigramas en las estatuas y en las tumbas: las de Carlos Edmundo de Ory son algo así como inscripciones para lápidas inversas. En lugar de piedras para las tumbas de los muertos, son lápidas de vivos y para vivos, que vienen del espacio exterior. No aluden a la tierra, sino al aire. No al adentro sino al afuera. Son lápidas de cada día, brillantes, que laten con diferentes estilos, ya como corazones de pájaros vivos que aletean en los árboles o como frutas en estanterías de viejos comercios. El libro Los aerolitos es un lapidario, técnicamente hablando: son piedras que llevan cifrados los detalles de las virtudes mágicas de las palabras; son piedras preciosas del verbo.


Carlos Edmundo de Ory


© www.espacioluke.com | Consejo de redacción | Enlaces | Tablón