nº 54 - Octubre 2004 • ISSN: 1578-8644
Bestiario
josé morella
Vivimos en un tiempo en el que el gran desafío de la humanidad es aceptar al Otro. Básicamente porque el Otro está aquí, entre nosotros, más que nunca. Más que nunca la inmigración es un fenómeno capaz de pensarse a sí mismo, de construir su propia imagen para calar a nuestro lado, sintiendo nuestro aliento. Y al mismo tiempo, nunca hubo, para el ciudadano de a pie, un correlato histórico tan sólido acompañando al hecho cotidiano de convivir con gentes de otras culturas, porque la pantalla del televisor ofrece cada día la crónica del exorcismo que occidente está llevando a cabo con sus fantasmas y sus miedos: Palestina, corazón de la lucha del mundo árabe, sangra en todas las salas de estar del país mientras los españolitos de Dios rezongan porque en su barrio empieza a haber, para su gusto, demasiados inmigrantes. Hay un cuento delicioso del japonés Kenzaburo Oe, premio Nobel de literatura en 1994, que se llama La Presa. Viene muy al caso. La historia comienza cuando en plena Segunda Guerra Mundial un avión norteamericano es derribado en Japón y cae en un lugar rural, un pequeño pueblo de provincias donde los efectos de la guerra eran casi desconocidos. Antes de la colisión, el piloto del avión salta en paracaídas y es descubierto por un niño, que es el protagonista de la narración. El niño queda totalmente fascinado por el hombre. A sus ojos, no es un hombre. Le parece un monstruo. Tiene un cuerpo enorme, musculoso y duro como el de un animal, o al menos eso le parece al chiquillo. Y su piel es de un color que jamás había visto antes. Emite unos sonidos muy raros, que no entiende en absoluto. Se trata, no puede ser de otra manera a los ojos del niño, de una especie de animal insólito, antropomórfico y expresivo. Una vez presentado en sociedad, en el pueblo, el piloto americano es visto como una especie de maravilla por todos los habitantes, pero sobre todo por los niños, que corren detrás de él fascinados y lo rodean y le lanzan piedras. En el pueblo no saben qué hacer con él, así que la máquina burocrática del Imperio se pone en marcha y el burócrata de turno inicia el lento recorrido a la ciudad para pedir a las autoridades las instrucciones necesarias. Pero eso, por supuesto, tardará unas semanas, unos meses quizá. Mientras tanto, los habitantes del pueblo se han ido acostumbrando a la presencia de ese ser de piel oscura y grandes labios, y poco a poco van dejando de asustarse en su presencia. Permiten que esté entre los niños, que se hacen dueños de él y lo llevan arriba y abajo como un perro. Vive en un pajar, o al aire libre, como un salvaje. Nadie intenta comunicarse con él, nadie le ofrece nada. Le alimentan como a un animal y no duerme en una cama. La narración cuenta todo lo que le ocurre a ese hombre mientras vive en el desierto de la incomprensión absoluta de la otredad. Mientras espera intentando no enloquecer. El cuento es magistral porque el lector obtiene solo la visión japonesa, es decir, el asombro y el extrañamiento del colectivo que encuentra al Otro y lo arrasa con su mirada ignorante y cruel. Porque somos crueles con lo que no conocemos. La inocencia y la crueldad está muy cerca, y sino observen bien a un niño. No es casualidad que un niño sea el eje narrativo. Oe consigue que veamos al americano como lo veían los japoneses. Como un animal. Pero ofrece una minúscula fisura por la que consigue abrirse no sólo la humanidad más dolorosa y abrasadora de la presa, sino la poesía esencial que se encierra en ese dolor. Porque generalmente la poesía se expresa en el idioma del dolor. En un momento de crisis, mugrienta y cansada, herida por la soga a la que está ligada por el cuello, la criatura emite una especie de canto, una melodía que al niño le parece sumamente extraña. Es en ese momento, en esa precisa línea, cuando el lector toma conciencia sin que se necesite ninguna otra información. En la escena no hay ya una criatura extraña, sino un hombre cantando un blues. La música de la nostalgia y la tristeza. Y de golpe imaginamos al hombre negro, seguramente del sur de los Estados Unidos. Lo imaginamos antes de la guerra, tranquilo, trabajando o yendo a la Iglesia el domingo. Saliendo a los clubes de jazz, cantando incluso en ellos, tamborileando con los dedos sobre una mesa de madera. Vemos la esencia de lo humano, es decir, el arte. Pero para el niño tan solo hay allí un canto extraño, una especie de aullido con matices. Ese desencuentro simboliza la gran falla en la que hoy en día vivimos, y encierra cualquier solución o conflicto. Sólo cuando, como en el cuento de Oe, podamos darnos cuenta de que los papeles están cambiados, podremos avanzar en nuestros problemas con el Otro. Porque están cambiados. Los animales son los nativos, y el ser más humano, el más capaz del dolor, es el negro. Es la presa. Palestina es la gran presa. África es más grande, y más silenciosa, pero también es una presa. Hay muchas presas, y eventualmente cualquiera puede ser una. Pero todas encierran la paradoja del blues del piloto perdido. Maurice Blanchot decía que todos somos nómadas. Que vivimos en una estancia sin lugar esencial. En un desierto. Que nuestra condición verdadera es el recuerdo de nuestro nomadismo esencial, de nuestra errancia. Todos somos errantes potenciales, todos tenemos blues que cantar para que nadie los entienda, al tiempo que escuchamos músicas que no reconocemos como tales.

Kenzaburo Oe