nº 51 - Junio 2004 • ISSN: 1578-8644
La quinta columna
"¿Obediencia debida o de vida? "
luis arturo hernández
(LA HORA ESTELAR DE LOS ASESINOS, de Pavel Kohout, Ed. Alianza)

“Fue una epidemia de asentimiento. La peor plaga de la humanidad. Unas cuantas personas inventan una receta para un futuro feliz y se ponen a hacerle propaganda a gritos, con la paciencia suficiente para que se les sumen todos los desesperados. Después vienen los trepas. Y de pronto se convierten e n una fuerza que ya no implora ni ofrece, sino que exige y ordena. Al que está en desacuerdo se lo castiga, al que está de acuerdo se lo premia, para un hombre del montón la elección es sencilla.
-¡Y luego viene la cuenta!”
Pavel Kohout, La hora estelar de los asesinos

“Comenzar por el comienzo es comenzar por el final”
Jaroslav Putík, El hombre de la navaja barbera

La decisión del comisario jefe de la Policía Criminal de Praga de comprometerse con el Partido Comunista, una vez producida la Liberación de la capital checa por el Ejército Rojo, constituye el epílogo de La hora estelar de los asesinos, magna novela del checo Pavel Kohout que narra, a lo largo de casi 600 páginas, la dura peripecia de Jan Morava, el ingenuo inspector moravo, como el desencadenante de su toma de conciencia política, tras abandonar en el camino su fe de cristiano evangelista y su moral pequeño-burguesa.

Y es que hay algo en la figura de este subinspector encargado de investigar el caso del “asesino de viudas”, un protestante fascinado por la talla política del partisano Ludvik Svoboda –futuro presidente de la República Socialista y a quien identifica con Jan Hus-, que le confiere valor representativo, por no decir simbólico, de la inocencia y el candor del protestantismo moravo, identificado –al igual que su compañera, la también morava Jitka Modra- con la intrahistoria de Moravia, en la síntesis de filogénesis y ontogénesis.

De idéntica forma, y en un juego de líneas paralelas que en el horizonte definitivo de la Liberación parecen confundirse, el inspector Buback, checo-alemán de la GESTAPO con quien colabora Morava, encarna la ambigüedad bohemia del praguense –“heredero de dos o más culturas que habían conseguido convivir durante siglos”-, que se decanta finalmente a favor de su origen materno eslavo y Grete, su amante alemana, escapista y cómplice de colaboracionismo, ganada para la causa de la libertad por su amor hacia él.

LA VUELTA DE RYPL, EL ENEMIGO CHECO, O ABBADÓN ABANDONADO

En esa primavera de 1945 en el Protectorado Alemán de Bohemia y Moravia, Buback y Morava se convierten en los “protectores”, primero, de viudas de Bohemia y Moravia –de Praga a Brno, pasando por Plsen- y de los civiles -eslavos o alemanes- sospechosos de haber colaborado con el Reich, después –en los confusos días de la Liberación-, tras la pista de Rypl, moravo católico, verdadero psicópata y asesino descuartizador en serie en quien difícilmente puede sospecharse valor alegórico, salvo que se apele, como en el resto, a la historia profunda del genocidio del Catolicismo en la Guerra de los 30 Años.

UN ASESINO EN (LITERATURA DE) SERIE (NEGRA)

“La sonrisa de Pipota, su bigote británico y sus trajes de lana inglesa irritaban profundamente a los chivatos y colaboracionistas locales que habían apostado por la victoria del Reich.”
Jaroslav Putík, El hombre de la navaja barbera

Sea como fuere, la persecución policíaca de un asesino traumatizado por el abandono paterno a causa de una viuda y rechazado él mismo por otra –inspirándose en el martirio de Santa Reparata para su venganza en la propia carne de víctimas indirectas del Reich- y lanzado, después, disputándole al Reich el título de enemigo público nº 1 –“¡Quiero que caces a ese monstruo! Le tengo más miedo que a Hitler...”-, a un exterminio en serie de sospechosos, bajo la nueva identidad de un patriota libertador –“ME LLAMAN A MÍ!”, a castigar “a toda una NACIÓN ENVILECIDA!”-, se transforma en un relato de serie negra que ahonda en la ambigua moral de la población sometida, así como en los secretos de los dominadores –desde las debilidades del jefe de la Gestapo Meckerle, el comisario de Buback, al compromiso de Beran, superior de Morava, con la resistencia interior del Consejo Nacional Checo: “el prefecto, pequeño y redondo, recordaba a Pickwick; el comisario Beran, delgado y alto, a don Quijote”-, a la vez que descubrirá a héroes y heroínas, anónimos y espontáneos, en un paisaje ético desolador de simplones y soplones, ex-colaboracionistas ahora patriotas de última hora, chaqueteros y traidores, sirviéndose de Rypl como bisturí, pretexto o macguffin cinematográfico del desenlace.

PRAGA, CIUDAD ABIERTA EN CANAL o ARQUITECTURA DE UN CRIMEN

Kohout adopta, para este relato escrito entre el año 1992 y 1995 -y, por tanto, con una distancia histórica de medio siglo-, un punto de mira de narrador identificado –es decir, omnisciente en lo que afecta al personaje desde el que se focaliza, en cada secuencia, la acción-, lo que justifica, a la par que la introspección en las voces narradoras mediante el estilo libre indirecto –Morava, Buback- o el soliloquio narrado –Rypl-, los juicios de valor del autor implícito, cómplice de ambos inspectores, que contagian al lector de su simpatía y entusiasmo por los personajes –especialmente en el amor por Jitka o Grete-, al tiempo que adolecen de maniquea simplicidad y cierto tono paternalista, divulgativo

-entre comprensivo y exculpatorio-, que quizá se explique por el compromiso, convicto y confeso, del propio autor por esas fechas con el PCCh y del que se distancia, tras un candoroso monólogo filocomunista de Morava, en la sentencia final del Después: ”No tenía la menor idea de que se estaba dando prisa por cometer el mayor error de su vida”.

Estructura simétrica, como es lógico, para una historia que trascurre en las dos Pragas –checa y alemana- del Protectorado, con salidas a Moravia y saltos atrás en el tiempo a Alemania, y cuya arquitectura se fragmenta a medida que los bombardeos van aislando las distintas zonas de la ciudad y se atomiza, adquiriendo una velocidad vertiginosa, en escaques de un ajedrez donde las piezas–de artillería- de ejércitos regulares –los aliados, nazis, soviéticos o desertores de Vlasov-, o peones milicianos patriotas de la República burguesa y partisanos–ambas facciones del Consejo Nacional Checo-, juegan su partida, a medida que Rypl se escaquea de sus perseguidores y la acción se multiplica en el caos de la semana del Levantamiento, transmutándose las personalidades –desde el “capitán” partisano Rypl bajo nueva identidad al checoparlante Buback, que se mueve con sendos salvoconductos: “¿De dónde es uno si es alemán y ha nacido en una Checoslovaquia que ya no existe? ¿Y si además es de Praga? ¿Si sus idiomas son dos, como las colas del león de Bohemia...?”-; añicos que Kohout conectará como vasos comunicantes, en una verdadera lección de anatomía, a través de espirales de motivos estructurantes –como el bombardeo de la Radio Praga- que sirven de “nudos de comunicación”, y nunca mejor dicho, o la socorrida y resabiada técnica del sumario que mediante una analepsis o salto atrás y en boca de otro personaje ofrece a posteriori el dato escondido de cierto pasaje, en una ciudad que, urbanísticamente, está atravesada en su centro por pasajes cubiertos.

PARAJES Y PAREJAS o EL JUEGO DEL GALLO Y EL GUSANO

Estructura dual desintegrada, pues, para una narración que giraba en su primera parte en torno a las parejas Morava-Jitka, Buback-Grete–viuda negra émula de Sherezade que hechiza con su fantasía a Buback a ritmo de jazz- y Rypl-ELLA (y sus víctimas viudas) y que, una vez descubierta la identidad de Rypl y el conmovedor asesinato de Jitka, así como la bonhomía de ambos inspectores –cómplice Buback, por el amor de Grete, de la trama de la resistencia dentro de la Policía de la que Morava, sin saberlo, forma parte-, constituirá, durante el largo capítulo de Mayo, una segunda parte –2ª novela, tal vez- de acción, y de identidades fluctuantes, ambiguas, apócrifas o complementarias, en la que Rypl consigue burlar a la policía a fuerza de instinto o intuición y la trama se dilata por medio de coincidencias, desencuentros, casualidades, en un juego del gato y el ratón que representa la ruptura del aparente Orden del Protectorado y su precipitado derrumbe en el caos a manos del perro viejo Kohout. O del gallo -traducción de kohout- y un gusano.

LO GROTESCO: DE LA MATANZA DEL CERDO AL EXTERMINIO RACIAL

Y el descuartizamiento de la ciudad de Praga –“Y es la última ciudad del centro de Europa donde la belleza sigue existiendo”- en barrios ocupados por fuerzas rivales no deja de ser, en el macro-espacio del plano urbano, el correlato del descuartizamiento de las viudas de guerra en el micro-espacio de la trama por un psicópata, en un ejercicio de “lo grotesco” que trasmuta la festiva matanza popular del cerdo en Moravia, expresión carnavalesca del despiece del cuerpo en la “Utopía de la abundancia como renacer del cuerpo popular de la especie” según Bajtin en La cultura popular en la edad media y en el renacimiento, en lo grotesco contemporáneo deshumanizador, sádico y siniestro –“Parece que a esa Reparata los romanos la destriparon viva y le cortaron la cabeza y los pechos. Sólo se les escapó el corazón en forma de paloma blanca”-, tal como lo formula Kayser en Lo grotesco, a partir de un vil carnicero –maestro de ceremonias y bufón de humor negro hecho un matarife- en quien confluye la traumática relación con su madre con la frustración, etnicista y xenófoba, de un inútil para el Servicio Militar –un “robot armado” y contrafigura de Svejk- alistado como soldado voluntario de la recién nacida República de Checoslovaquia por no haber llegado a estrenarse como soldado contra los húngaros de Eslovaquia -tras la explosión de una granada-, y puede realizar su sueño al fin como capitán de milicianos cuando suena la “hora estelar de los checos y moravos".

Lo que deja abierta la puerta, si no fuera por su oportuna eliminación a manos de Grete, a la sospecha de que psicópatas como él -sembrando tras de sí una estela de sangre, un reguero estelar, en la hora de la sensación verdadera, de la extinción de una enana roja, de su estrella como luz que agoniza- pudieran haber sido “los nuevos libertadores” de la Patria, los dirigentes y comisarios políticos del Nuevo Régimen con quienes colaborara el propio Kohout y acaso cómplices de su depuración tras la Primavera de Praga del 68.

DE LO QUE PUDO HABER SIDO Y NO FUE: CHECOSLOVAQUIA, 1992

“(...) Lo único que intentaba era limitar las consecuencias de la traición que había cometido contra su patria, contra... contra su patria, sí... ¿qué era en realidad? ¿Checo como su madre o alemán como su padre? ¿No era la prueba viviente de la insensatez de los nacionalismos?”
Pavel Kohout, La hora estelar de los asesinos

Y es ahí donde La hora estelar de los asesinos –cuya escritura iniciara Pavel Kohout en el extranjero mientras se producía la escisión de Eslovaquia y la República Checa- constituye un canto a la conciliación nacional entre checos y alemanes –“predestinado precisamente por su origen (...) a hacer que se aproxime el día en que, en su ciudad natal, los checos y los alemanes paseen por las mismas aceras y se saluden al pasar”-, inspirado en el modelo de convivencia anterior al Acuerdo de Munich en los Sudetes, cerca de Eslovaquia, aquella edad dorada de Moravia que añoran Morava y Jitka –“en nuestra región es donde se empiezan a fundir el checo y el eslovaco”, “La idea de que en Bohemia y Moravia se hablase únicamente en checo y desapareciese la bomba de tiempo que a lo largo de la historia ya había destruido en dos ocasiones al Estado checo, era enormemente atractiva, pero presentaba también un nuevo peligro”, o págs.120-1-.

NUEVA PIEL PARA LA NUEVA CEREMONIA o DESKONECTAR

“unos años más tarde, los propietarios de caballos de carreras trabajaban como braceros en el campo, mientras que los propietarios de los salones de alta peluquería se convertían en leñadores en compañía de los ex condes o empujaban vagonetas de mineral de uranio en el mismo equipo de los criminales de guerra y los asesinos sádicos.”
Jaroslav Putík, El hombre de la navaja barbera

Perspectiva inusitada ésta de La hora estelar de los asesinos, desde el punto de vista de la policía criminal checa –la única institución local armada checa, “tras la disolución del reducido y poco fiable ejército del Protectorado”-, que ofrece un inusitado enfoque, complementario, por un lado, de aquel de la pequeña burguesía colaboracionista de Los cobardes de Josef Skvorecky, durante esa mismísima semana de Mayo que conmovió el corazón de Europa y, por otro, del de aquella otra mirada cegada entre cuatro paredes de un militante comunista exterminado antes de “aquel crepúsculo de los falsos dioses”, en el Reportaje al pie de la horca de Julius Fucik. Una novela, en fin, que al absoluto de la Muerte opone otros absolutos rehumanizadores, como la compasión por quienes sufren o la pasión, Eros y Thánatos –“Entonces sí creía firmemente que no sólo saldría vivo de aquel espanto mortal de la guerra sino que viviría eternamente en aquel tiempo inmóvil del amor que se llamaba Jitka”, “¡Despertaba al amor a la sombra de la muerte”- y que se zanja, grotescamente, con el “mundo al revés” de Buback, cruelmente torturado boca abajo por Rypl -en un ejercicio de negro “humor de horca” checo-, con un desenlace de lírica y desolada belleza –“registraba desde aquella curiosa perspectiva, mezcla de rana y pájaro, imágenes insólitas”-, que trae a la memoria las di/invertidas imágenes de Los palabristas del moravo Hrabal, propio del arcano del “Ahorcado” en la baraja del Tarot.