nº 57 - Diciembre 2004 • ISSN: 1578-8644
Bestiario
josé morella
En la novela Montedidio (Akal), del italiano Erri de Luca, encontramos algo que últimamente parece estar de algún modo censurado por el gusto literario: la existencia, llana y simple, de los oprimidos; la fuerza de su dignidad, la herida profunda y silenciosa en la que viven. Parece que cualquier cosa que se parezca a reivindicar los derechos de los marginados, e incluso a señalar su propia existencia, se ha convertido en algo inexplicablemente obsceno y pasado de moda al mismo tiempo. Nos hemos convencido, tan tontos somos, de que si hablamos desde una posición política clara y dedicamos nuestro trabajo a señalar la existencia de los que no tienen, nos van a tachar de populistas, anticuados, nostálgicos, aburridos, aguafiestas de la gran orgía consumista, a la cual nos conduce de la mano la nueva economía, que por supuesto dice no tener nada que ver con la gente que no tiene donde caerse muerta. Es más, es esa economía de gigantes, en teoría, la que va a salvarles, permitiéndoles trabajar a diario, a ellos y a sus hijos, cosiendo zapatos para Zara o uniendo láminas de madera para Ikea durante el resto de sus vidas a cambio del precio de su mísera subsistencia. Y es cierto: os van a llamar aguafiestas. Os van a dar de lado. Porque ese es el precio al que hoy está la verdad. Cara. La gente prefiere leer historias de personajes bohemios y encantadores, que viven en un mundo irreal donde no se trabaja, no se come, no se huele mal. Esto no es, claro está, exclusivo de la literatura. La literatura, como el cine o el arte, es sólo un buen termómetro de la vida, que lo devora todo, ahí al lado, sin importarle en absoluto lo que escribimos. Hace poco vimos la película Diarios de motocicleta, del brasileño Walter Salles, que narra un viaje en moto por Sudamérica del joven Che Guevara pre-revolucionario con un amigo. Se trata de una obra maestra: está llena de matices, es sencilla pero profunda, emocionante pero no sentimental. Está llena de verdades como puños. Sin embargo, muy pocos críticos han tenido la valentía de decir algo bueno de ella. Se mueren de miedo. Porque la película habla de eso que está prohibido hablar. La gente invadida de miseria que aparece en ella (algunos profesionales de la actuación, otros no) no es distinta de la gente con que el Ernesto Guevara real y su amigo se encontraban por la ruta. Hoy en día nada ha cambiado, y del mismo recorrido en moto se sacarían las mismas conclusiones que ellos sacaron. Hay un momento precioso, en el que los dos amigos comparten una cena al calor de la hoguera con un matrimonio de indígenas que han sido expulsados de su tierra y se han hecho comunistas. Están huyendo. Los jóvenes argentinos están impresionados con la historia de la pareja. En un momento dado, la mujer les pregunta: y ustedes, ¿por qué viajan? Los dos chicos se congelan de miedo, porque lo que significa la pregunta es: ¿por qué se ven obligados a viajar, del mismo modo en que nosotros nos vemos obligados a hacerlo? Ernesto, al que le resulta imposible no decir la verdad, responde: viajamos por viajar. La vergüenza les invade a él y a su amigo. ¿Viajar por viajar? Los indígenas no lo entienden, porque es la primera vez que oyen algo así. Finalmente, la mujer les dice: que Dios los bendiga. En ese momento los chicos _y los espectadores_ toman conciencia de lo que ambos son: burgueses. La película nos da la clave de por dónde siguen yendo los tiros: todos los occidentales somos esos viajeros que viajan y no saben adónde, borrachos de buenas intenciones, de neutralidad viajera, de estupidez. No es necesario que nos movamos de nuestra casa para viajar. Viajamos por Internet. Toda nuestra vida es un viaje, volamos de un espectáculo a otro, de una tienda a otra, de Roma a París por diez euros en Cuatroduros Airlines. Todos somos “guays”, todos recibimos cientos de mensajes en el móvil, todos existimos mucho y nos dejamos ver en todas las fiestas pero que no nos coman la cabeza por favor.

Sin embargo, hay que apostar. Convertirse en un convencido aguafiestas. Películas como la de Walter Salles y novelas como Montedidio están ahí para convencernos de que la realidad siempre está fresca como una lechuga, y si está bien narrada, miel sobre hojuelas. En Montedidio, el Monte de Dios, un adolescente pasa a hombre. Es un barrio pobre de Nápoles, son los años cincuenta. El chico descubre el amor, el sexo, el trabajo en la carpintería, la amistad. También descubre la ira que se esconde dentro de sí mismo, la debilidad, la muerte. Escucha en los relatos de los hombres mayores la valentía de la resistencia contra los nazis, unos años antes. La fuerza de la lucha por la vida. La calidez de esa lucha. Todo lo que contiene esta novela merece ser comentado, pero elegimos resaltar un personaje clave, el de Rafaniello. Rafaniello es un zapatero que el maestro Errico, carpintero, acoge en un rincón en la carpintería para que ejerza su oficio. Es un judío de Jerusalén exiliado en Nápoles. Su nombre verdadero es Rav Daniel; Rafaniello es la versión napolitana. Es pelirrojo y de ojos verdes, como el demonio, pero a la vez es un ángel. Todo el mundo sabe que el bien absoluto es el mal, de modo que en un ángel deben coexistir ambas cosas. Rafaniello tiene una joroba que le duele y una bondad que apabulla al protagonista: todo Montedidio tiene zapatos gracias al zapatero-ángel, que los arregla y los deja como nuevos. Todos se lo agradecen.”Los pobres sienten una gratitud que ningún rey ha sentido nunca”. La palabra judío, explica Rafaniello, viene de la tribu de Judá, que proviene a su vez del verbo “agradecer”. Rafaniello explica que en la joroba lleva dos alas que le están creciendo como un polluelo en un huevo, y que cuando la cáscara de su joroba se casque las alas se extenderán y él volará al cielo. La novela, una novela de aprendizaje en el sentido clásico, narra en paralelo ese aprendizaje del chico y el nacimiento de las alas del ángel. Rafaniello explica cómo aprendió su oficio: fue aprendiz, de joven, de un zapatero malhumorado y huraño, de carácter opuesto al suyo. “No le enseñaba el oficio, más bien se lo ocultaba”. Y, a pesar de ello, Rafaniello es reconocido por todo Montedidio como un maestro de maestros, poco menos que un genio de los zapatos. Un hombre que conoce tantos secretos del pie humano que ha podría medir el alma de una persona por su pie. Dice que los pies de la gente le han salvado. ¿Cómo es posible que se pueda aprender tanto de una ocultación? ¿Será que todo aprendizaje nace de la ocultación? Quizá el problema mismo sea querer enseñar algo. Todo consejo sería, pues, al mismo tiempo que un consejo, una traba que incrusta en nuestro aprendizaje el maestro que nos lo da. Se convierte así en un mal maestro que desenseña. García Márquez, es sabido, siempre dice lo mismo a los que le piden consejo para escribir: “lea a Juan Rulfo”. Es lo más parecido a una ocultación. Habrá que pensar que hay que hacer lo mismo con las modas literarias, con la dictadura de la corrección política que nos da consignas fáciles del tipo “no más pobres, estúpido” y nos abre caminos vacíos. Habrá que no hacer ni caso. Habrá que leer otra vez a Rulfo. Y a Erri de Luca.