Sección: MUSICA
Serie: Ahopetik
Título:
Gracias, querido maestro
Autor: Alfonso García de la Torre
e-mail: alfonso@espacioluke.com

nº 29 - Junio

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Creo que tuve mucha suerte: en mi vida se cruzó un gran maestro. Procuró enseñarme el difícil arte de componer, de ser un músico eficiente. El sentía que era un deber transmitir a los alumnos sus experiencias y conocimientos, primero con su ejemplo siendo compositor y después con toda una serie de consejos y lecciones que impartía en la clase.

Era un maestro exigente y fue muy duro mantener el ritmo que imponía en el aula. La única receta para ser compositor consistía en trabajar diariamente con disciplina. Una vez terminada la clase era necesario planificar tu tiempo para preparar la próxima y avanzar en la siguiente composición. El tiempo había que buscarlo en donde fuese, normalmente prescindiendo de muchas cosas o robando horas al sueño. Cada vez que repaso las partituras que hice en aquellos años me sorprendo de la cantidad de lápiz y goma de borrar que contienen. También nos aconsejaba escuchar y ver la música, la gran música de todas las épocas y estilos y aprender de ella en las partituras, en los conciertos, interpretándola, etc. En definitiva, todo ello significaba que ser músico requería una dedicación absoluta para poder adquirir unos conocimientos muy amplios.

Y es que tenía razón cuando decía que solamente se puede aprender a hacer algo haciéndolo. Eso sí, una vez terminada la obra tener el suficiente valor para empezar a eliminar todo lo superfluo, aquello innecesario en la composición final. La crítica empezaba en uno mismo, continuaba en la clase y terminaba haciendo migas con la goma de borrar. Tal vez no habías aprovechado al máximo los materiales sonoros de partida; quizá era necesario un mayor control del tiempo en un determinado fragmento; aquel final no sorprendía, no decía nada nuevo... Un auténtico crucigrama. Tantas y tantas cosas a tener en cuenta que a veces te desanimabas. Pero todo tenía su lógica, y junto a la pertinente corrección siempre existía un afable razonamiento. Finalmente ocurría un momento casi mágico cuando el maestro exteriorizaba su aprobación ante el acierto o el trabajo bien hecho. Una especie de satisfacción por ambas partes al ver y oír que aquello funcionaba.

Entre otras muchas cosas aquel maestro nos enseñó que nada se hace en vano y que cualquier circunstancia en la vida del músico sirve para completar su formación. Una vez pasado el tiempo me he dado cuenta de la gran importancia que tuvo cada instante que pasé con él. Dicen que hay que conservar a los buenos amigos y que nunca hay que perderlos. También a los grandes maestros. Porque en el fondo un buen maestro te está ofreciendo su amistad. Basta con recogerla y cuidarla siempre.

El otro día falleció mi maestro, el compositor Carmelo A. Bernaola.

Carmelo Bernaola