Sección: OPINION
Serie: El paso
Título:
El conocimiento transversal
Autor: José Marzo
e-mail: elpaso@espacioluke.com

nº 34 - Diciembre

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Las actuales teorías del conocimiento son el resultado del mestizaje entre la experiencia y la razón, en cuanto facultad de pensar. Razonaba Bertrand Russell que “el empirismo como teoría del conocimiento ha demostrado ser inadecuado, aunque menos que cualquier otra teoría anterior del conocimiento”. Su limitación estribaría en que nuestro conocimiento de los principios generales no puede basarse en la experiencia, y su éxito, en que éstos sólo son válidos cuando la experiencia los confirma.

Para un simple diletante como yo, resulta difícil imaginar una teoría del conocimiento que supere en verdad a los frutos de la pareja compuesta por razón y experiencia. Sin embargo, esta visión epistemológica de la ciencia quedaría coja si no se complementara con otra económica, política y social. A menudo los científicos y los filósofos, encerrados en sus laboratorios y sus gabinetes, minimizan con talante puritano el procedimiento colectivo por el que el conocimiento se gesta: en el lado de lo económico y de lo político, se encuentran la empresa o la institución que promueven un proyecto y lo proveen de fondos; en el lado de lo social, se hallan la controversia con sus colegas y el diálogo con los representantes de otras tradiciones y escuelas, que contribuyen a enriquecerlo. Por ello, aunque la teoría del conocimiento es racional y empírica, su gestación es transversal.

Si esto es así para la ciencia, para la búsqueda de la verdad, ¿cómo no ha de serlo cuando descendemos al terreno de nuestras relaciones económicas, sociales y políticas, de nuestra lucha por la vida y de las opiniones que conforman tales relaciones? ¿o cuando entran en juego nuestros ideales y los valores que los legitiman?

Decía Pico della Mirandola, hace más de cinco siglos, que “de la misma forma que las fuerzas corporales se robustecen con la gimnasia, el vigor de la mente sin duda deviene más firme y se acrecienta en esta especie de justa literaria” que es el debate. “Este tipo de contiendas son tan honorables como necesarias para adquirir la sabiduría”.

“Acudamos ya a la lid como al son de los clarines de guerra”, invitaba.